Nosotros

Del completo Escepticismo, a vivir de eso que decía: “son mentiras”

nuestra historia
Our journey began with a simple yet powerful vision – to redefine the way women experience fashion.

Hola, está es la historia de por qué existe todo lo que aquí puedes encontrar, nunca me interesó nada de ésto, es más todo lo que aquí ves, lo consideraba  “patrañas” y “charlatanes” a quienes lo practicaban, tenían que llegar Monika y Sergio a abrir mi mente, yo era una persona muy racional del tipo que no cree en nada y de los que dicen: “hasta no ver no creer”, y si Dios existe ¡que bien!, a mi que me deje vivir mi vida… pero no tardaría en vivir en toda su expresión el dicho: “Si quieres hacer reir a Dios, cuéntale tus planes.”

Mi nombre es Juan Hernández, nací en el Distrito Federal, ya mencioné a Monika y a Sergio, ya llegaremos a ellos, mi vida en todos los aspectos fue lo que podría considerar normal, pasaron algunas cosas fuertes o muy locas, principalmente en  la adolescencia, como a todos, como que casi me fichan por una “fiesta inolvidable” con amigos en una cabaña en popo park, sacaba compañeros mormones internados en la cajuela de un auto para ir por cervezas, destruí el auto de mis sueños después que en “Servicio Navarro” de la av IPN hicieran una mala reparación de frenos y se salió una balata en movimiento a 80 km / Hr, un Mustang 68 rojo edición especial “tapas doradas” quedó destrozado, que después en restauración me lo robaron, pero todo ésto pasó a término de irrelevante tontería por todo lo que estaba por venir.

Estudié primaria y secundaria en el Cristóbal Colón, la preparatoria en una escuela de mormones, el Instituto Benemérito de las Américas en Cuautepec, camino al Reclusorio Norte, en 1989 comencé la Carrera de Diseño Gráfico en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco, era la carrera de moda, muy difícil de entrar por su reputación como una de las mejores del país, incluso mejor que muchas particulares de “renombre”, entre a la primera, mi pasión por la carrera me llevó a trabajar sobre lo que aprendía mucho tiempo antes de terminar, hasta que mi pequeño negocio personal se convirtió en una empresa mediana en la que fabricaba artículos promocionales a varias empresas nacionales y transnacionales, en año 1998 sucedió un importante imprevisto, me quedé sin clientes, pero como si todo fuera planeado, un conocido llegó a platicarme de un viaje que estaba planeando, un viaje que yo también en algún momento deseaba hacer, conocer Europa por tren, analizando la situación decidí que era el mejor momento para hacerlo, tiempo libre, dinero ahorrado y dinero de inversión de trabajo, en mis manos, no había mejor momento. 


Aunque en el camino laboral también ocurrieron historias dignas de contarse; como convertirme en proveedor permanente de Kimberly-Clark, Colgate-Palmolive y Papelerías Lumen; proveedor de promocionales de motorola, KFC, Smirnoff, Absolut, D’gari, y muchas empresas más, lograr ser el primer fabricante mexicano de tatuajes temporales; y vivir muchas otras victorias que en otro momento merecerían su propio capítulo, ninguna de ellas es realmente importante para esta historia. Porque esta historia no trata de mi vida, aunque me gusta contarla, sino de por qué existe todo lo que hay en ésta página. 


Llegué a Madrid en marzo de 1998 y así, con mochila al hombro comencé a vivir el sueño que muchas veces había tenido. Conocí personas de todas partes del mundo: viajeros de rutina, viajeros que huían de la rutina, estudiantes extranjeros aprovechando vacaciones para conocer, y hasta paisanos compatriotas que, igual que yo estában viviendo su sueño. Cada lugar que visitaba tenía una emoción diferente, cada estación de tren dejaba una marca particular, una sensación diferente de acuerdo a la experiencia vivida en aquel distante lugar, algunas por su belleza, otras por calidez inesperada de la gente, y la mayoría por la enorme historia del lugar, pero cada despedida parecía arrancar una pequeña parte de quien yo había sido hasta entonces.
Podría pasar horas contando todo lo vivido en aquellos meses: las noches interminables, los encuentros inesperados, las conversaciones que parecían cambiar el rumbo de una vida, compañeros fugaces de viaje, los momentos de soledad absoluta y también los instantes de libertad más intensos que he conocido. Pero convertir esas experiencias en palabras haría esta historia demasiado larga…
Después de casi tres meses de viaje, el destino decidió intervenir…
En Budapest conocí a Monika, no fue un encuentro planeado, ni lógico, ni prudente. Fue una de esas coincidencias imposibles que parecen escritas por alguien más. De esas cosas que pasan sólo en sueños, que si se hubieran planeado jamás se conjugarían las circunstancias para que ocurriera. Entre calles antiguas, idiomas desconocidos y una ciudad que parecía suspendida en el tiempo, apareció ella… y en muy poco tiempo todo lo demás dejó de importar. Primero un encuentro ocasional, fugaz, sin relevancia que se convirtió en la más agradable y hermosa guía turística y compañera de viaje, y así de repente un día me dijo: “me voy contigo”, yo le conteste: “vamonos” la tremenda racionalidad de la que me jactaba, al parecer la había perdido. Habían pasado apenas unos meses desde que nuestras vidas se cruzaron, pero algo irreversible había ocurrido.
En el mes de julio regresé a México acompañado de Monika. La aventura de viajar con Monika de 17 años, los pasaportes, el miedo en las fronteras, el viaje juntos por Austria, Alemania, Suiza, París, Francia y finalmente España, es también digna para su propia historia.
Y así, nos casamos.
Pasaron muchas cosas hasta que…



En abril del año 2000 ocurrió el día que debía convertirse en el más feliz de mi vida… y terminó transformándose en uno de los más oscuros y dolorosos que he vivido.
Nació mi hijo Sergio con tan solo cinco meses y medio de gestación.
Llegó al mundo demasiado pronto. Tenía apenas cinco meses y medio de gestación y pesaba solamente 980 gramos. Era tan pequeño, tan frágil, que cabía prácticamente entre las manos. Su vida pendía de un hilo desde el primer segundo.
Todo ocurrió en medio de una terrible negligencia médica por parte del nefasto ginecólogo que llevaba el embarazo de Monika. En el Hospital Dr. Río de la Loza, ubicado en Lomas Verdes, Naucalpan, Cuando comenzó el parto, no había médicos presentes. Ni siquiera personal de enfermería capacitado. La única aprendiz de enfermera que estaba ahí no supo cómo recibir a un bebé prematuro… se le cayó.
Cada momento era una pesadilla. En apenas tres días, la cuenta del hospital ya superába los seis mil dólares. Pero el dinero era lo último que ocupaba mi mente. Mi único pensamiento era Sergio.
Intenté hablar con el propietario del hospital para negociar el pago y ganar algo de tiempo. Nunca imaginé lo que estaba a punto de escuchar.
Con absoluta frialdad, aquel hombre —un médico sin la más mínima calidad humana— me dijo:
“Tu hijo se va a morir… ¿para qué luchas?, ¿para qué te preocupas? Se va a morir y de todas maneras vas a tener que pagar.”
Sentí que el mundo se detenía.
Me sorprendió escuchar palabras tan crueles saliendo de alguien que llevaba una bata blanca. Por un instante, aquella bata dejó de parecerme la de un médico; me pareció la de un carnicero. Su actitud era evasiva, fría, deshumanizada. Poco tiempo después entendí que probablemente le preocupaba una posible demanda. Pero en ese momento, eso jamás pasó por mi cabeza. Yo no pensaba en abogados, dinero ni venganza. Yo solo pensaba en Sergio.
Y mientras luchaba por sobrevivir, descubrí algo devastador: para algunas personas, el dinero parecía tener más valor que la vida de un ser humano.
Desesperado, comencé a buscar otro hospital que tuviera capacidad real de atención neonatal. Finalmente logramos trasladarlo al hospital municipal de Atizapán. Ahí Sergio siguió peleando por su vida, conectado a máquinas, resistiendo contra toda lógica médica. Su diminuto cuerpo llegó a bajar hasta los 450 gramos.
Si, cuatrocientos cincuenta gramos.
Pesaba menos que muchas botellas de agua.
Aun así, seguía vivo.
El médico encargado del área neonatal comenzó a entusiasmarse con los pequeños avances de Sergio. Cada hora superada, cada gramo ganado parecía un milagro. Cada momento era una victoria improbable. Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Mi cuñado, cuyo padre era miembro del Estado Mayor Presidencial, consiguió lo que parecía imposible: un lugar en el Instituto Nacional de Perinatología, probablemente la mejor institución de México para la atención de bebés neonatales.
Pensamos que finalmente Sergio estaría seguro.
Pero el traslado se convirtió en otra escena que quedó marcada para siempre en mi memoria y su vida.
El médico que llegó por Sergio —un pasante neonatal— estaba visiblemente molesto desde el primer momento. Recuerdo perfectamente sus palabras llenas de arrogancia y desprecio. Decía que él era médico de piso, no “un simple médico de traslados”. Como si atender a un bebé agonizante estuviera por debajo de su dignidad.
Desde el inicio observé cómo manipulaba a Sergio de manera brusca, casi violenta. No había cuidado, no había delicadeza, no había humanidad. Cuando llevaban la incubadora rumbo a la ambulancia, empujó con fuerza a su asistente sobre los vibradores de velocidad de la rampa del estacionamiento. Vi la incubadora sacudirse violentamente. Vi el pequeño cuerpo de Sergio brincar y rebotar dentro de ella como si fuera un objeto cualquiera.
Y yo grité.
“¡Cuidado!”
Pero no le importó.
Ni siquiera volteó a verme.
Nunca en mi vida había deseado verdaderamente el mal para alguien… hasta ese día.




El trayecto hacia el hospital duró aproximadamente cincuenta minutos… pero para mí fue una eternidad.
Dentro de aquella ambulancia no viajaba solamente un bebé prematuro luchando por sobrevivir; viajaba todo mi mundo, toda mi esperanza, toda mi vida. Cada segundo parecía acercarnos peligrosamente al final.
Durante el camino, Sergio sufrió dos paros cardiorrespiratorios.
Dos veces su corazón se detuvo.
Dos veces sentí que el mío también lo hacía.
Pero hubo algo todavía más doloroso que el sonido de las alarmas, más aterrador que ver correr a los médicos alrededor de aquella incubadora diminuta. Durante meses, cada vez que entraba a verlo, le acariciaba suavemente la planta de su pequeño pie. Siempre obtenía una respuesta. A veces un movimiento apenas perceptible. Otras, un reflejo tan leve que probablemente nadie más habría notado. Pero yo sí. Porque para mí, cada reacción era un mensaje. Era su manera de decirme: “Aquí sigo, papá”.
Incluso llegué a imaginar que sonreía.
Ese día no hubo respuesta.
Ninguna.
Toqué su pie… y el silencio fue absoluto.
Jamás olvidaré el vacío que sentí en ese instante.
Poco después nos informaron que Sergio había sufrido un derrame cerebral. Escuchar esas palabras fue como caer en un abismo del que parecía imposible salir. Sentí miedo, impotencia, rabia y una tristeza tan profunda que no sabía cómo sostenerme en pie. Sin embargo, lentamente, contra todo pronóstico, Sergio comenzó otra vez a responder. Un movimiento. Una reacción mínima. Una pequeña señal de vida.
Y entonces apareció de nuevo esa esperanza engañosa a la que uno se aferra desesperadamente, la ilusión de creer que ahora sí, estando ahí, en el mejor lugar posible, todo finalmente mejoraría.
Después de tres meses de hospitalización, Sergio fue dado de alta pesando apenas 1,900 gramos. Algo completamente fuera de lo normal, pues sabíamos que el alta normalmente se autorizaba hasta alcanzar al menos los dos kilos. Pero en ese momento nosotros solo queríamos salir de ahí, llevarlo a casa, abrazarlo lejos de hospitales, máquinas y pronósticos devastadores.
Nunca imaginamos que, una vez más, también estaban tratando de deslindarse de responsabilidades.
La única observación importante que hicieron al alta fue que debíamos llevarlo cuanto antes a un hospital especializado para revisar sus ojos. Nos explicaron que, debido a las altas concentraciones de oxígeno que había necesitado dentro de la incubadora, existía el riesgo de desarrollar retinopatía del prematuro.
Con apenas dos días fuera del hospital, todavía dependiendo de líneas de oxígeno para respirar, llevamos a Sergio al Hospital para Evitar la Ceguera A.C., en Coyoacán, para que lo valoraran.
Hasta entonces, cuando Sergio estaba en casa, seguía nuestras voces con la mirada. Nos veía. Respondía a nuestra presencia. Sus ojos buscaban los nuestros. Pero de pronto… dejó de hacerlo.
Y ahí entendimos lo que estaba ocurriendo.
El diagnóstico fue devastador: desprendimiento de retina en ambos ojos.
Nuestro hijo se estaba quedando ciego.
Cinco días después del alta del Instituto Nacional de Perinatología, le realizaron dos procedimientos de crioterapia con nitrógeno, uno en cada ojo. El tratamiento consistía en congelar partes de la retina para intentar detener el desprendimiento. Era una medida desesperada para salvar algo de visión.
Pero no funcionó.
Cuando Sergio salió del quirófano aquella vez, tenía los ojos tan inflamados que apenas parecía el mismo bebé. Verlo así fue uno de los momentos más impactantes de mi vida. Mi esposa Monika, al verlo, perdió el conocimiento y se desmayó por la impresión.
Y todavía faltaba más.
Quince días después intentaron una nueva cirugía para volver a adherir la retina de uno de sus ojos. Mes y medio más tarde realizaron otra intervención en el otro ojo.
Ambas fracasaron.
A partir de entonces, Sergio quedó bajo seguimiento pediátrico de trece subespecialidades médicas distintas por parte del Instituto Nacional de Perinatología. Su cuerpo diminuto parecía cargar problemas suficientes para varias vidas. La primera recomendación médica fue abandonar cuanto antes la Ciudad de México, debido a que durante su hospitalización había sufrido tres neumonías y el ambiente de la ciudad representaba un riesgo constante para él.
Pero para mí aquello parecía una locura.
Mi empresa finalmente había comenzado a recuperarse. Había logrado recuperar a las compañías transnacionales como clientes y, después de años difíciles, mi pequeño negocio volvía a estar estable. Dejar todo otra vez significaba empezar desde cero.
Sin embargo, había algo más fuerte que cualquier miedo económico.
El día que Sergio nació, cuando finalmente me permitieron entrar a verlo en aquella incubadora, le hice una promesa en silencio: que jamás lo dejaría solo. Que pasara lo que pasara, haría todo lo que estuviera en mis manos por él.
Y estaba dispuesto a cumplirlo.
Aunque ya solo bebía alcohol ocasionalmente, en fiestas o reuniones, decidí dejarlo completamente. Quería estar consciente todo el tiempo. Necesitaba tener la mente clara para cada decisión que pudiera afectar la vida de mi hijo. Porque constantemente aparecían situaciones imposibles donde tenía que decidir por él.
En cada una de esas decisiones regresaba a mi mente el recuerdo de aquella incubadora y la promesa que le hice.
Fue entonces cuando entendí realmente la frase:
“Por un hijo haces hasta lo imposible.”
Y también fue ahí donde comenzó algo completamente distinto dentro de mí.
Hasta ese momento yo no creía en energías, karma ni espiritualidad. Dudaba incluso de que existiera un Ser superior, o algo más allá de lo que se puede tocar. Pensaba que nada invisible podía influir en nuestras vidas y mucho menos que los seres humanos tuviéramos la capacidad de mover o percibir algún tipo de energía.
Era como Santo Tomás: ver para creer.
Pero todo lo que estaba ocurriendo rompía mi manera de entender el mundo.
Comencé a hacerme preguntas que jamás antes me había planteado. Nunca culpé a Monika… pero aun así mi mente trataba de entender lo que estaba viviendo.
¿Había un culpable?
¿Era ella?
¿Era yo?
¿Había hecho algo terrible en mi vida y ahora Dios me estaba castigando?
¿Era una venganza?
¿Por qué nosotros?
Buscando respuestas mi hermano nos inscribió a un extraordinario curso de metafísica llamado “Conciencia de Salud”, impartido por Martha Sánchez Navarro, hija de Manolo Fábregas.
Ahí fue que comenzó un increíble camino que jamás imaginé que existía.
Ese mismo año Monika y yo también nos iniciamos en Reiki… y la primera vez que sentí aquello que llamaban “Energía Universal” fue increíble, algo dentro de mí cambió para siempre.




En la primera oportunidad que tuve de auto sabotear mi propio negocio lo hice.
Dejé atrás mi empresa, mis clientes, años enteros de esfuerzo y todo aquello que había construido con tanto trabajo. En julio de 2001 me mudé junto con mi familia al puerto de Veracruz, lugar donde vivía mi hermana mayor y un hermano de mi mamá, mi tío Ezequiel, padrino de Sergio, por lo menos no estaríamos solos, jajajaja eso creí.
En ese momento yo era el único fabricante en México de tatuajes temporales: aquellas calcomanías que, al colocarse sobre la piel y humedecerse, permanecían adheridas durante varios días. Había logrado abrirme paso en un mercado prácticamente inexistente en el país. Empresas importantes ya me hacían pedidos constantes y, después de muchos años de lucha, finalmente comenzaba a sentir que todo el esfuerzo había valido la pena.
Pero México tiene una realidad cruel para quienes intentan crecer lejos del centro: todo sucede en la Ciudad de México, internet estaba en pañales.
Ahí se toman las decisiones. Ahí nacen las campañas publicitarias. Ahí están las grandes corporaciones, las agencias, las reuniones, los contratos y las oportunidades.
Y yo acababa de alejarme de todo eso.
Intenté mantener el negocio a distancia utilizando internet, pero en aquellos años la red apenas comenzaba y estaba muy lejos de ser la herramienta que es hoy. Las videollamadas eran inexistentes, las plataformas de venta no existían como ahora y cerrar negocios importantes a cientos de kilómetros de distancia era mucho más complicado de lo que cualquiera puede pensar el día de hoy.
Por insistencia de Monika, y utilizando parte del dinero que aún conservábamos tras cerrar la empresa, decidimos abrir una tortillería. Era un negocio familiar que yo conocía bien desde hacía años. La estabilidad estaba ahí, en algo más simple, más cotidiano, más seguro.
Al poco tiempo también abrimos un pequeño negocio de comida para llevar.
Desde afuera quizá parecía una vida tranquila. Una familia intentando empezar de nuevo cerca del mar. Pero dentro de nosotros la realidad era completamente distinta.
Conforme pasaba el tiempo, comenzamos a darnos cuenta de algo devastador: el diagnóstico de la pediatra que atendía a Sergio en el Instituto Nacional de Perinatología había sido terriblemente equivocado.
Nos habían asegurado que Sergio no presentaba daño neurológico importante.
Pero cada día la realidad gritaba lo contrario.
Sus movimientos, sus reacciones, su desarrollo… algo no estaba bien. Había señales evidentes de que existían problemas neurológicos serios. Y mientras más tiempo pasaba, más imposible era ignorarlo.
Decidimos cuestionar directamente a la pediatra.
Queríamos entender por qué nunca había sido canalizado al área de neurología. Por qué nadie había considerado necesario evaluarlo más profundamente después de todo lo que había vivido. Pero cuando comenzamos a insistir… ocurrió algo increíble.
El expediente médico de Sergio desapareció.
Simplemente se perdió.
Hasta el día de hoy no sabemos qué ocurrió realmente. Nunca supimos si fue producto de la ineptitud de aquélla Médico o si alguien dentro de la institución decidió evitar que Sergio formára parte de las estadísticas de niños dados de alta con secuelas neurológicas graves.
Pero ya no importaban las explicaciones.
El daño estaba ahí.
Y cada vez resultaba más evidente que haber abandonado la Ciudad de México había sido un error enorme.
Porque no solo ahí se concentran las empresas más importantes del país… También están las mejores instituciones médicas, los especialistas más preparados y las oportunidades reales de atención para casos complejos como el de Sergio.
Mientras más entendíamos eso, más atrapados y solos nos sentíamos.
Recuerdo perfectamente el día en que algo dentro de mí terminó de romperse por completo.
No fue en un hospital.
No fue durante una cirugía.
No estaba frente a una incubadora ni escuchando diagnósticos devastadores.
Fue con una simple frase que venía de alguien cercano, de alguien que queríamos.
Una frase tan cruel, tan fría y tan inhumana, que todavía hoy sigue resonando dentro de mí como una herida que jamás terminó de cerrar.
El padrino de Sergio, mi tío Ezequiel, le dijo a Monika:
“¿Por qué no lo dejaste morir en el hospital?”
Lo dijo con una naturalidad aterradora, como si estuviera hablando de un problema cualquiera y no de la vida de un niño que había luchado desde el primer segundo de existencia por permanecer en este mundo.
Recuerdo el rostro de Monika al platicarlo, porque no tuvo la hombría de decirlo delante de mí.
Se quedó destrozada.
Después de todo lo vivido —las incubadoras, las operaciones, la ceguera, las neumonías, los hospitales, las noches sin dormir, el miedo constante de perder a nuestro hijo— escuchar esas palabras provenientes de alguien cercano fue devastador.
Hay palabras que uno olvida con el tiempo.
Y hay otras que se quedan para siempre.
Esa fue una de ellas.
Porque cuando estás viviendo una tragedia así, uno espera encontrar humanidad en la familia, refugio en las personas cercanas, una mano que ayude a sostenerte cuando apenas puedes mantenerte de pie. Pero la realidad puede ser cruel y brutalmente distinta.
Fue entonces cuando entendí algo doloroso:
la mayoría de las personas no sabe acompañar el sufrimiento ajeno.
Algunos se alejan.
Otros juzgan.
Y algunos más simplemente deciden que es más fácil que tu hijo muera a tener que mirar de frente una realidad incómoda.
Con el tiempo aprendí también otra cosa.
Llámalo Universo.
Llámalo Karma.
Llámalo Sabiduría Divina.
Llámalo Dios.
Pero la vida siempre encuentra la manera de equilibrar las cosas.
Siempre.
A veces tarda años.
A veces décadas.
Pero el golpe regresa.
Y aunque nunca he buscado venganza, en el fondo sé que algún día llegará su propia lección, su propia “justicia divina”, esa que nadie puede evitar cuando ha perdido por completo la capacidad de sentir compasión.
Pero quizá lo más doloroso no fue solo escuchar aquella frase.
Lo más doloroso fue descubrir la absoluta soledad que acompaña este tipo de batallas.
Durante los cinco años que vivimos en Veracruz, mi hermana no nos visitó ni una sola vez. jajaja mi hermana.
Ni una.
Y no, no es una exageración dicha desde el resentimiento.
Es literalmente la verdad.
Ni una llamada diciendo “voy para ayudarte”.
Ni un fin de semana.
Ni un intento real de acompañarnos.
Nada.
Con el tiempo comprendí que las tragedias tienen una capacidad aterradora: revelan quién realmente está dispuesto a permanecer a tu lado cuando la vida deja de ser cómoda.
Y casi siempre, el resultado es desolador.
Porque cuando atraviesas una situación como la que vivimos Monika, Sergio y yo… la realidad es que te quedas completamente solo.
Y tú quedas atrapado en una batalla silenciosa que parece no terminar nunca.
Fue ahí donde entendí que el verdadero dolor no siempre viene únicamente de la enfermedad, de los hospitales o de la tragedia misma.

A veces el dolor más profundo proviene de descubrir que quiénes menos esperas son capaces de abandonarte precisamente cuando más los necesitas.
  El mismo día que tenía cita para ver un nuevo local con el fin de crecer mi negocio con una sucursal, teníamos cita en un nuevo centro de atención donde me aseguraban era lo mejor en Veracruz y en ése lugar Sergio llevaría las mejores terapias y atención, estábamos emocionados.
Monika me pidió que yo llevara a Sergio, raramente me pedía que yo me encargara de asuntos de Sergio en horarios en que el negocio estaba abierto, accedí sin cuestionar y como no tenía pendientes yo llevé a Sergio. 
Fue sumamente decepcionante al llegar ver que la persona que me habían asegurado que contaba con toda la experiencia y que sabría trabajar con mi hijo, no tenía la más remota idea de qué hacer con él, la ilusión de crecer mi negocio se desmoronó. 
No sabía lo importante que terminaría siendo ese momento.
Porque en ese instante comprendí algo brutal:
No importaba cuánto trabajara.
No importaba cuánto dinero ganara.
No importaba cuántos negocios lograra levantar.
Nada de eso tenía sentido si no podía encontrar ayuda real para mi hijo.
Platicando esa noche con Monika llegamos a una conclusión dolorosa: daba exactamente lo mismo volver a empezar en la Ciudad de México… o hacerlo en cualquier otra parte del mundo.
Nuestra vida ya no giraba alrededor de negocios, comodidad o estabilidad. Todo se había reducido a una sola pregunta:
¿Dónde tendría Sergio una mejor oportunidad de vida?
Y entonces miramos hacia Hungría.
Después de todo, Sergio también es húngaro.
Comenzamos a investigar con desesperación, buscando algo que pudiera ofrecerle un futuro distinto, una oportunidad real de rehabilitación. Así encontramos una escuela para invidentes fundada en el año 1808. La fecha me impresionó profundamente. Mientras México aún seguía bajo dominio español, en aquel lugar ya existía una institución dedicada a enseñar y ayudar a invidentes.
Solicitamos información de inmediato.
Después de muchas dudas, conversaciones y miedos, tomamos la decisión: Sergio ingresaría al curso escolar que comenzaba en agosto de 2006.
A finales de julio acompañé a Monika y a Sergio a Madrid. El plan era permanecer solamente dos días en España antes de que ellos viajaran solos a Budapest, donde la familia de Monika ya los esperaba. Yo regresaría temporalmente a Veracruz para intentar traspasar el negocio y alcanzarlos más adelante.
Pero el destino todavía tenía preparada otra escena para nuestra historia.
Por una de esas coincidencias que parecen demasiado precisas para ser casualidad, el hotel donde nos hospedamos estaba ubicado a media cuadra de las oficinas generales de la ONCE, la Organización Nacional de Ciegos Españoles.
Recuerdo haber pensado:
“Si estamos aquí… sería absurdo no entrar.”
Necesitábamos orientación. Necesitábamos aprender cómo ayudar a Sergio. Hasta ese momento habíamos sobrevivido más por amor y terquedad que por una verdadera guía profesional.
Entramos.
Desde recepción nos canalizaron inmediatamente al área de servicio social. Ahí, una señora de semblante amable comenzó a preguntarnos sobre nuestros planes, la condición de Sergio y el motivo de nuestro viaje.
Cuando le explicamos que Sergio viajaría a Hungría para ingresar a una escuela especializada, nos hizo una pregunta sencilla que nos dejó en silencio:
—¿Sergio entiende húngaro?
—No… —respondimos.
La mujer frunció ligeramente el ceño, sorprendida.
—Entonces… ¿qué van a hacer allá? Aquí tienen uno de los sistemas más avanzados para atención y adaptación de personas invidentes de todo el mundo hispano, incluso mejor que muchos países desarrollados. Aquí estarían mejor.
Recuerdo perfectamente lo que sentí en ese instante.
Esperanza… y miedo al mismo tiempo.
Pero también respondí casi por reflejo:
—Sergio no es de aquí… es mexicano, no español.
Y entonces aquella mujer dijo una frase que jamás he podido olvidar.
Una frase que hasta el día de hoy sigue resonando dentro de mí:
—¡No importa! ¡Los niños no tienen nacionalidad!
Sentí un nudo en la garganta.
Porque en medio de tantos hospitales, trámites, indiferencia y personas viendo expedientes antes que seres humanos… alguien acababa de mirar a mi hijo simplemente como lo que era:
Un niño.
No un problema.
No una estadística.
No un extranjero.
Un niño.
Por un instante estuve a punto de cambiarlo todo.
De cancelar Hungría.
De quedarnos en España y aceptar aquella mano que el destino parecía extendernos.
Pero ya existía un compromiso con la escuela en Budapest. La familia de Monika los esperaba. Y después de tantos meses de incertidumbre, tampoco queríamos romper aquella esperanza.
Así que, con el corazón dividido, vi partir a mi esposa y a mi hijo rumbo a Hungría… mientras yo abordaba un avión de regreso a Veracruz.
Ellos avanzaban hacia un futuro incierto.
Y yo regresaba solo a traspasar nuestro negocio… para después alcanzarlos y volver a reunir a mi familia.
En noviembre de 2006 ocurrió algo que, en ese momento, parecía una simple curiosidad televisiva… pero que terminaría alterando profundamente mi manera de entender la realidad.
Estaba viendo Otro Rollo, el programa conducido por Adal Ramones. Entre bromas, entrevistas y el tono relajado habitual del programa, presentaron a un grupo de niños con los ojos completamente vendados que aseguraban poder “ver” utilizando las manos. Tocaban objetos con los dedos y describían colores, formas e incluso detalles imposibles de identificar de manera normal.
Mi primera reacción fue pensar:
“Esto tiene que ser una broma del programa.”
Pensé que era otra de esas dinámicas exageradas para televisión, una vacilada más de entretenimiento, cambié el canal, de 60 canales por cable volví a “otro rollo” y en que seguían con un niño con los ojos vendados describiendo todos los detalles de una fotografía, no era de mi completo agrado Adal Ramones y su programa a no ser que estuviera en su programa una celebridad, volvi a cambiar el canal a la televisión buscando algo que ver.
Por tercera vez llegué de nuevo a otro rollo, ahora con la información para asistir a un curso de Dermovisión con el Dr. José Luis Altamirano. La situación de Sergio ya me había llevado a cuestionar demasiadas cosas que antes consideraba falsas. Y cuando eres padre de un niño invidente, incluso la esperanza más absurda merece al menos una oportunidad.
Así fue como decidí viajar a la Ciudad de México para tomar mi primer curso de “Dermovisión”.
Recuerdo perfectamente el ambiente de aquel curso. Había expectativa, curiosidad y también desesperación disfrazada de interés espiritual. Muchos de los asistentes llegábamos buscando algo más que conocimiento; buscábamos respuestas, milagros o al menos una mínima posibilidad de esperanza.
Sin embargo, conforme avanzaban las prácticas, comenzó a aparecer una sensación incómoda.
Nada ocurría.
Durante el receso, varios de nosotros fuimos juntos a comer y la conversación fue inevitable. Todos compartíamos exactamente el mismo desagrado: ninguno estaba percibiendo absolutamente nada.
Nada de colores.
Nada de energía.
Nada de “visión”.
Pero nadie reclamó.
Y no reclamamos porque también habíamos sido testigos de algunos niños que aparentemente sí habían comenzado a desarrollar ciertas habilidades sorprendentes. Eso bastaba para sembrar la duda y mantenernos ahí, aferrados a la posibilidad de que quizá el problema éramos nosotros.
Un mes después organizaron un curso de astrología impartido por un socio del instructor de dermovisión. Para entonces yo ya estaba completamente inmerso en la búsqueda desesperada de cualquier cosa que pudiera ayudar a Sergio o ayudarme a entender por qué nuestra vida se había convertido en aquella sucesión interminable de pruebas.
Durante ese curso revisaron mi carta astral.
Recuerdo que el instructor me observó con seriedad y me dijo algo que en ese momento me pareció completamente absurdo:
—Tú vienes a enseñar.
No tenía la menor idea de lo que hablaba.
¿Enseñar qué?
¿A quién?
¿Con qué autoridad?
Yo apenas intentaba mantener mi vida en pie, me imaginé dando clases en un salón de primaria, me moría de la risa.
Días después asistí al segundo nivel de dermovisión. Y nuevamente apareció la misma sensación de frustración. Otra vez no percibía nada. Otra vez los ejercicios parecían repetirse. Otra vez las respuestas eran ambiguas y confusas.
Pero en aquella ocasión ocurrió algo extraño.
Durante el receso, el instructor y el astrólogo me pidieron específicamente que los acompañara a comer. En medio de la sobremesa decidí preguntar directamente algo que llevaba tiempo rondando mi cabeza.
—¿Qué tendría que hacer yo para enseñar dermovisión?
Les expliqué que quería aprenderlo para enseñárselo a Sergio. Si existía aunque fuera una mínima posibilidad de desarrollar alguna percepción alternativa, yo estaba dispuesto a dedicar mi vida entera a ello.
La respuesta me golpeó de inmediato.
El instructor me dijo que no era posible enseñar dermovisión a personas invidentes.
Sentí cómo se desplomaba algo dentro de mí.
Pero además añadió otra condición:
para enseñar, debía estudiar todos los niveles del sistema.
En ese momento me explicó que eran cuatro niveles.
Recuerdo perfectamente que me quedé confundido, porque cuando había tomado el primer nivel me dijeron que eran tres.
Algo comenzó a incomodarme profundamente.
Pero aun así seguí adelante.
Porque cuando uno está desesperado por ayudar a un hijo, el juicio se vuelve vulnerable. Uno empieza a caminar entre la esperanza y la necesidad, aunque el terreno debajo de los pies comience a sentirse falso.
En diciembre de ese mismo año llegó a Veracruz una “Expo Infinitum”, organizada por el canal de televisión Infinito, cuya programación en aquella época estaba enfocada en temas de energía, espiritualidad y fenómenos paranormales.
La exposición parecía un universo alterno.
Había conferencistas, sanadores, astrólogos, terapeutas, personas hablando de dimensiones, energía universal, vidas pasadas y poderes mentales. Y entre todos aquellos stands había varios lugares donde realizaban fotografías e interpretación del aura utilizando cámaras Kirlian.
Desde hacía tiempo tenía curiosidad por saber cómo sería mi “aura”, así que decidí hacerlo.
Cuando revelaron la imagen, apareció un color verde brillante rodeándome.
La persona que interpretaba la fotografía me observó y dijo:
—Tienes energía para ayudar a los demás. eres sanador, deberías dedicarte a eso.
Me sorprendió profundamente escuchar aquello.
Primero maestro de escuela y ahora sanador, jajaja, si si si.
Pensé que quizá el color tenía relación con el hecho de que apenas una semana antes había tomado el segundo nivel de Reiki. Traté de explicarlo racionalmente, aunque en el fondo comenzaba a sentir que algo extraño estaba ocurriendo en mi vida.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Monika estaba cada vez peor emocionalmente.
En Hungría se sentía sola, triste y desesperada por regresar. Sergio no lograba adaptarse al idioma ni al entorno. Las promesas que nos habían hecho sobre la atención escolar no se estaban cumpliendo como imaginábamos.
Yo le pedía paciencia.
Le decía que no tardaría en traspasar el negocio y reunirme con ellos.
Pero el tiempo seguía pasando.
Llegó el 2007… y yo seguía atrapado en Veracruz sin conseguir vender el negocio.
La situación comenzó a volverse insoportable.
La familia de Monika empezó a decirle que yo la había mandado de regreso a Hungría para abandonarla junto con nuestro hijo. Imaginar que ella estuviera escuchando eso mientras se encontraba sola, lejos de mí y enfrentando todas las dificultades con Sergio, me destrozaba por dentro.
Yo me sentía atrapado entre dos mundos:
la necesidad de sostener económicamente todo…
y el deseo desesperado de estar junto a ellos.
Mientras esperaba, quise continuar estudiando dermovisión y tomar el tercer nivel. Pero no había suficientes interesados para abrir el grupo. Así que, mientras tanto, en febrero decidí tomar el tercer nivel de Reiki.
Cada vez me hundía más en aquella búsqueda espiritual intentando encontrar respuestas que la medicina, la religión y la lógica no me habían dado.
Pero la realidad seguía golpeando.
Monika estaba desesperada.
Sergio apenas recibía atención unas cuantas horas por semana.
No existía el horario continuo ni la atención integral que originalmente nos habían prometido.
Todo comenzaba a derrumbarse otra vez.
Finalmente, a principios de marzo, Monika regresó con Sergio a México y por fin, al mismo tiempo logré traspasar el negocio.
Y obsesionado aún con la idea de ayudar a mi hijo, insistí en tomar el siguiente nivel de dermovisión aunque no hubiera alumnos suficientes. Para que me impartieran el curso exclusivamente a mí, tuve que pagar el equivalente a tres personas.
Y entonces ocurrió algo que terminó de abrirme los ojos.
Ahora ya no eran cuatro niveles.
Ahora eran cinco.
Debía estudiar cuatro niveles más un supuesto “Master” especial para poder enseñar.
Por supuesto… con un costo todavía más elevado.
Salí profundamente decepcionado.
No solo seguía sin percibir absolutamente nada… sino que además la estructura del curso era prácticamente idéntica desde el primer nivel.
Los mismos ejercicios.
Las mismas explicaciones ambiguas.
Las mismas promesas.
Como se dice vulgarmente:
“La misma puerca… nomás revolcada.”
Y por primera vez comencé a sospechar que quizá, en medio de mi desesperación por ayudar a Sergio, había personas dispuestas a lucrar con la esperanza de quienes ya no saben hacia dónde correr.


A finales de Marzo nos fuimos juntos a Madrid íbamos a tomarle la palabra a aquella mujer de la ONCE que meses atrás nos había dicho algo que todavía resonaba dentro de mí:
“Los niños no tienen nacionalidad.”
Muchísima gente me dijo que estaba loco.
Que iba a tirar el dinero.
Que estaba persiguiendo fantasías.
Que abandonar otra vez todo lo que habíamos construido era una irresponsabilidad.
Que Europa no resolvería nuestros problemas.
Que tarde o temprano terminaríamos regresando derrotados.
Pero, sinceramente, no me importaba la opinión de nadie, eran mis zapatos y sólo yo estaba en ellos.
Había llegado a un punto donde lo único verdaderamente importante era saber que podría siempre verlo a la cara años después y saber que hice absolutamente todo lo posible por él.
No quería vivir con una pregunta clavada para siempre en la cabeza si no lo hacía:
“¿Y si sí hubiera funcionado?”
Además… Tenía una promesa que cumplir.
La promesa que le hice a Sergio frente a aquella incubadora el día que nació.
Así que a mediados de marzo llegamos a Madrid con más incertidumbre que certezas, cargando maletas y una esperanza que se negaba a morir.
Para sorpresa nuestra, Monika no tuvo ningún problema para obtener permiso de trabajo, Hungría ya formaba parte de la Unión Europea. Mi situación, en cambio, era mucho más complicada. Me explicaron que, con suerte, mi permiso podría tardar entre nueve meses y un año.
Otra vez quedaba atrapado en la incertidumbre.
Pero aun así, por primera vez en muchísimo tiempo, sentíamos que el entorno era distinto.
Llevamos a Sergio a la ONCE.
Yo iba lleno de expectativas. En mi mente seguía viva aquella conversación con la trabajadora social que nos había hablado con tanta humanidad meses antes. Imaginaba algo extraordinario, quizá una atención especializada revolucionaria, algo completamente distinto a lo que habíamos conocido en México.
Sin embargo, la realidad fue diferente.
La ONCE canalizó a Sergio a una escuela para niños con necesidades especiales que trabajaba con asesoría de la institución. Al principio sentí cierta desilusión, porque no era exactamente lo que yo había imaginado… pero poco a poco comenzamos a descubrir algo que nos dejó impactados.
Todo estaba pensado para apoyar realmente a las familias.
El transporte escolar pasaba por Sergio a las 8:30 de la mañana. Nosotros apenas le enviábamos algo ligero para desayunar, porque en la escuela le daban la comida fuerte completa. Recibía atención, terapias, actividades y regresaba a casa alrededor de las cinco de la tarde.
Y todo eso… sin costo alguno para nosotros.
Aquello me sorprendió profundamente.
Después de tantos años luchando contra hospitales, burocracia, negligencia y abandono institucional, encontrarnos con un sistema que realmente intentaba ayudar parecía casi irreal.
Además, por medio de la Comunidad de Madrid podríamos solicitar un apoyo económico para Sergio. Nos explicaron que el trámite tardaría aproximadamente nueve meses, pero eventualmente comenzaríamos a recibir ayuda.
También, mediante la seguridad social española, tendríamos acceso a apoyos adicionales.
Y todavía había más.
En la ONCE nos explicaron que, después de dos años viviendo legalmente en España, Sergio podría solicitar la nacionalidad y comenzar a recibir beneficios permanentes por parte de la institución: una pensión y apoyo para adquirir vivienda —o como allá le llaman, “un piso”.
Por primera vez en muchísimo tiempo sentí algo peligrosamente parecido a la tranquilidad.
Mientras Monika trabajaba, yo me dediqué casi obsesivamente al estudio de la energía y la dermovisión.
Ya no quería simplemente aprenderla.
Quería entenderla.
Desmenuzarla.
Descubrir si realmente existía un mecanismo detrás de todo aquello.
Y, sobre todo, quería desarrollar un método que permitiera a cualquier persona adquirir la habilidad, sin importar la edad… e incluso si eran invidentes.
Mi objetivo siempre fue Sergio.
Comencé trabajando intensamente la energía sobre mí mismo y sobre él. Horas y horas de ejercicios, concentración, prácticas y observación. Poco a poco empecé a sentir que algo estaba ocurriendo.
Y cuando sospeché que había conseguido resultados reales, decidí hacer la prueba más importante:
Comencé a trabajar con Monika.
Y ocurrió algo que cambió completamente mi percepción de la realidad.
Funcionó.
En octubre de 2007, guiando a mi esposa paso a paso en el manejo de la energía, logré desarrollar en ella la habilidad de la dermovisión.
Todavía recuerdo el impacto emocional de aquellos momentos.
Porque ya no se trataba de teorías.
Ni de televisión.
Lo estaba viendo frente a mí.
Grabamos videos de sus avances y, lleno de ilusión, los envié a todos los correos electrónicos que logré encontrar relacionados con la ONCE.
Todos.
Directivos.
Coordinadores.
Departamentos.
Responsables institucionales.
Más de 150 personas.
Yo soñaba con algo enorme.
Imaginaba que se interesarían en la habilidad y me permitirían enseñarla a personas invidentes. Pensaba que quizá aquello podía transformar la vida de muchísima gente. Y en el fondo también esperaba que, si alguien importante dentro de la institución veía el potencial de lo que habíamos conseguido, Sergio recibiría una atención más cercana a aquella promesa llena de humanidad que nos habían hecho cuando llegamos a España.
Pero no ocurrió nada.
Ni una sola respuesta.
Nada.
Ni curiosidad.
Ni preguntas.
Ni interés.
Solo correos automáticos.
Silencio absoluto.
Y poco a poco entendí que aquel sueño… había sido solamente eso.
Un sueño.
Pero la experiencia más extraña todavía estaba por llegar.
En noviembre de ese mismo año, Sergio fue hospitalizado debido a una fiebre altísima cuyo origen los médicos no lograban encontrar. Pasaban los días y la temperatura simplemente no cedía.
Una noche estaba solo con él en la habitación del hospital aplicándole Reiki para intentar ayudarlo a relajarse.
Detrás de mí había un televisor encendido.
Yo no le prestaba atención consciente. Mi concentración estaba completamente enfocada en Sergio aplicando la energía Reiki, de pronto empecé a escuchar el diálogo de una pareja que discutía en un programa de comedia.
Sin darme cuenta, comencé a seguir la escena mentalmente.
Y entonces ocurrió algo imposible.
Empecé a “ver” el televisor en mi mente.
No como imaginación.
No como recuerdo.
Lo estaba viendo.
Distinguí perfectamente las imágenes, los movimientos, los personajes, y fue hasta que escuché que uno de ellos decía una tontería absurda que pensé para mí mismo:
“Qué tontería…”
En ese instante algo dentro de mí reaccionó.
Abrí los ojos sobresaltado y volteé hacia el televisor.
Y lo que vi me dejó completamente helado.
La imagen que aparecía en la pantalla era exactamente la misma que estaba viendo dentro de mi mente.
Exactamente la misma.
La única diferencia era que, en mi percepción interna, los colores eran muchísimo más intensos. Como si alguien hubiera aumentado el contraste y la saturación al máximo.
Me quedé paralizado.
No supe qué pensar.
No supe cómo explicarlo.
Y aquella experiencia fue tan fuerte, tan desconcertante y tan profundamente perturbadora… que durante un tiempo detuve completamente mi práctica de dermovisión.
Me asusto no saber hasta dónde podía llegar aquello que estaba desarrollando, racionalmente eso debía ser imposible.
Llegó diciembre de 2007… y con él comenzó a derrumbarse lentamente la última esperanza que había depositado en España.
Habían pasado meses desde que envié aquellos videos a decenas y decenas de personas relacionadas con la ONCE. Más de ciento cincuenta correos enviados con ilusión, esperando aunque fuera una sola respuesta, una llamada, una pregunta, una mínima muestra de interés.
Pero nunca llegó nada.
El silencio fue absoluto.
Y mientras yo seguía esperando una señal que jamás apareció, Monika comenzaba a apagarse emocionalmente.
Desde la primera vez que conoció México se había enamorado profundamente del país. Extrañaba su gente, el clima, la forma de vivir, los sabores, la calidez humana. Y conforme pasaban los meses en Madrid, ese deseo de regresar comenzó a crecer dentro de ella hasta convertirse en una necesidad.
Prácticamente todos los días me decía:
—Quiero volver a México.
Pero yo me negaba.
Le respondía siempre lo mismo:
—No podemos regresar. Aquí Sergio está mejor.
Y lo decía intentando convencerla… aunque en el fondo comenzaba a dudar también.
Porque la atención que nos habían prometido para Sergio nunca terminó de ser lo que imaginábamos. Y aquello que yo creía haber desarrollado y que soñaba enseñar para ayudar a personas invidentes había sido completamente ignorado.
Rechazado sin siquiera ser escuchado.
Poco a poco comencé a sentir que ya no tenía ningún propósito ahí.
Siempre he creído que los sueños pueden traer respuestas.
A lo largo de mi vida me ocurrió muchas veces: cuando tenía problemas en mis negocios, preocupaciones importantes o decisiones difíciles, despertaba repentinamente con soluciones claras en la mente, como si algo durante la noche acomodara las piezas que durante el día parecían imposibles de entender.
Y una mañana de diciembre de 2007 desperté con una certeza absoluta.
Abrí los ojos… miré a Monika… y sin pensarlo demasiado le dije:
—Empaca las cosas. Nos regresamos.
No hubo discusión.
No hubo dudas.
Simplemente lo supe.
Sentí que ya no tenía nada que hacer en España.
Así que regresamos a México justo antes de las fiestas de fin de año.
Exactamente como muchísima gente me había advertido.
Sin dinero.
Sin estabilidad.
Sin un plan claro.
Prácticamente con los bolsillos vacíos.
Pero llevaba conmigo algo muchísimo más importante:
Mi conciencia tranquila.
Porque podía mirarme al espejo y saber que, aunque hubiera cometido errores, jamás dejé de luchar por Sergio.
Jamás.
Durante el 2008 me dediqué intensamente a enseñar la habilidad que había desarrollado. Trabajé con muchísimas personas: jóvenes, adultos mayores, personas que habían perdido la vista años atrás e incluso ciegos de nacimiento.
Y mientras más practicaba, más sentía que apenas estaba comenzando a entender algo muchísimo más profundo de lo que imaginaba.
Comencé entonces a estudiar los campos magnéticos, el Par Biomagnético y diversas técnicas relacionadas con el manejo de energía. También profundicé todavía más en Reiki y en otros métodos de sanación energética.
Y aunque sé perfectamente que muchas personas pueden dudar de estos temas, debo decir que presencié resultados sorprendentes en algunos casos.
En medio de toda esa búsqueda desarrollé un ionizador de combustible aplicando conceptos aprendidos en el Par Biomagnético. El dispositivo mejoraba el rendimiento de gasolina de manera notable, incluso superando productos existentes en el mercado. En algunos vehículos los resultados eran verdaderamente impresionantes.
Aquello terminó convirtiéndose en el proyecto llamado “Pirámide JUVA”.
Pero el verdadero giro de esta historia ocurrió a finales de abril de 2009.
Ese mes conocí personalmente al ingeniero Valentín Pérez, jefe del área de geoestadística de Cementos Cruz Azul.
Me citó en el edificio corporativo de la empresa en la Ciudad de México para entregarle unos ionizadores de combustible que había adquirido.
Pero aquella reunión terminó convirtiéndose en algo mucho más importante.
Mientras conversábamos, me pidió que le realizara sesiones de Par Biomagnético. Desde hacía cinco años padecía enfisema pulmonar y necesitaba oxígeno constantemente para poder desarrollar sus actividades diarias.
Así comenzaron varios encuentros entre nosotros.
Y debo decir algo:
nunca es fácil encontrar personas con quienes hablar abiertamente sobre energía, percepción y experiencias relacionadas con estos temas sin sentirse juzgado o incomprendido.
Por eso, cuando uno encuentra a alguien que realmente conoce y entiende ese mundo, se siente una especie de liberación.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió entre nosotros.
Cada vez que nos reuníamos pasábamos horas compartiendo experiencias, teorías, observaciones y aprendizajes. Él me enseñaba cosas desde su perspectiva y yo desde la mía.
Pero había un tema que le apasionaba profundamente:
La energía piramidal.
Y sinceramente… a mí no me interesaba en lo más mínimo.
Yo estaba completamente enfocado en los magnetos y el trabajo energético directo. Las pirámides me parecían poco importantes, casi decorativas.
Sin embargo, cada vez que nos veíamos insistía:
—Haz una pirámide magnética.
Y yo simplemente ignoraba la idea.
Hasta que un día llegó con un modelo físico en las manos y prácticamente me obligó a fabricarla.
Ya no pude negarme.
La construí… pero honestamente me pareció algo tan insignificante que la dejé arrumbada durante meses.
Ni siquiera me interesó probarla seriamente.
Poco tiempo después dejé de ver al ingeniero Valentín.
Y entonces ocurrió algo completamente inesperado.
Un día llegó a consulta un amigo al que anteriormente le había regalado un magneto especial para ayudarlo a dormir. Debo aclarar algo importante: no cualquier imán sirve para eso; la potencia y la polaridad son fundamentales.
Aquella vez no tenía uno disponible para darle y, como no quería que se fuera sin nada, casi por impulso le dije:
—Llévate la pirámide y pruébala.
La verdad… no esperaba absolutamente ningún resultado.
Pero una semana después regresó emocionadísimo.
Recuerdo perfectamente cómo entró diciendo:
—¡Juan… qué maravilla tu pirámide!
Me quedé sorprendido.
—¿De verdad? —le pregunté incrédulo— ¿Mejor que el magneto?
Y respondió inmediatamente:
—¡Mucho mejor!
Sabía que él también utilizaba magnetos para ionizar agua, así que le pedí que reemplazara completamente los imanes por la pirámide y siguiera observando resultados.
A la semana siguiente volvió todavía más impresionado.
—¡Juan… qué maravilla tu pirámide!
Ya comenzaba a intrigarme seriamente.
—¿En serio es mejor que los imanes?
—¡Muchísimo mejor!
Entonces me di cuenta de algo ridículo:
Había tenido aquella pirámide guardada durante meses… y ni siquiera me había tomado el tiempo de probarla realmente.
Ese mismo día decidí hacerlo.
Y lo que sentí fue sorprendente.
La energía era intensa. Muy distinta a cualquier otra cosa que hubiera experimentado.
Y a partir de ahí comenzó una etapa de experimentación obsesiva.
Empecé a probarla prácticamente con todo el mundo y en distintas partes del cuerpo, combinándola con técnicas de Par Biomagnético.
Los resultados fueron extraordinarios.
Particularmente me impactó profundamente el trabajo de equilibrio de chakras. Había practicado Reiki y trabajado con cuarzos, pero jamás había observado reacciones tan fuertes y profundas como las que comenzamos a obtener utilizando la pirámide.
Vi personas dormir profundamente después de años de insomnio.
Dolores de ciática disminuir notablemente.
Migrañas reducirse.
Molestias relacionadas con hernias de disco mejorar.
Problemas digestivos como gastritis, colitis y acidez disminuir considerablemente.
Incluso acompañamos a una persona con cáncer terminal logrando reducir enormemente sus dolores.
El agua ionizada también comenzó a mostrar resultados interesantes en algunos casos relacionados con quistes, miomas y cálculos.
Por supuesto, los resultados variaban muchísimo de una persona a otra.
Pero aquello ya no podía parecerme coincidencia.
Y mientras todo esto ocurría, el recuerdo del ingeniero Valentín Pérez comenzó a volverse cada vez más fuerte dentro de mí.
Porque aunque convivimos relativamente poco tiempo —apenas unas cuantas horas repartidas en algunos días— dejó una huella profundamente extraña y especial en mi vida.
Una huella que, de alguna manera, continúa expandiéndose hasta hoy.
Desafortunadamente, el ingeniero Valentín falleció en diciembre de 2009.
Y lo más doloroso fue que yo no me enteré sino hasta febrero de 2010.
La última vez que lo vi fue precisamente el día que me entregó el modelo físico para fabricar las pirámides.
Recuerdo perfectamente sus palabras aquella tarde.
Me dijo que deseaba:
“Trascender dejando sus conocimientos… o de alguna manera dejar un legado positivo para la humanidad.”
En ese momento no imaginé que, quizá sin saberlo, ya había comenzado a hacerlo.
En el año 2008 decidí crear el primer sitio de internet de Abre Tu Mente Juan. Registré el dominio abretumente.com.mx a mi nombre y también abrí un pequeño blog que, increíblemente, aún sigue en línea. En aquel momento no tenía idea de hasta dónde me llevaría ese proyecto. Lo único que sabía era que necesitaba compartir todo aquello que estaba descubriendo.
No buscaba fama.
No buscaba reconocimiento.
Ni siquiera buscaba convencer a nadie.
Lo que realmente buscaba era entender.
Entender qué era aquello tan extraño que había comenzado a ocurrir en mi vida desde el nacimiento de Sergio. Entender si existían capacidades humanas que la ciencia tradicional aún no explicaba. Y, sobre todo, descubrir si había alguna manera de ayudar a las personas —especialmente a mi hijo— desde una perspectiva distinta a la medicina convencional.
Ese sitio nació prácticamente como un diario de investigación personal.
Ahí comencé a compartir resultados, experiencias, observaciones y experimentos relacionados con habilidades mentales poco comunes, entre ellas la Visión Extraocular o Dermovisión, la visión del aura, fenómenos de percepción energética, telepatía y técnicas de control del dolor inspiradas en los trabajos del Ángel Escudero.
Pero la verdadera raíz de todo esto comenzó mucho antes.
Comenzó en el año 2000.
Comenzó con Sergio.
Mi hijo nació prematuramente, con apenas cinco meses y medio de gestación, y quedó con severas secuelas neurológicas y oculares. Desde aquel momento mi vida cambió por completo. Lo que inició como la desesperación de un padre intentando ayudar a su hijo terminó convirtiéndose en una búsqueda obsesiva que, honestamente, todavía no concluye.
Porque cuando la medicina te dice que ya hizo todo lo posible… uno empieza a buscar en lugares donde antes jamás habría mirado.
Así comenzó mi recorrido por una enorme cantidad de estudios y disciplinas. Algunos científicos, otros alternativos, otros profundamente polémicos. Muchos de ellos ni siquiera los menciono normalmente porque sé perfectamente cómo pueden sonar para alguien que jamás ha vivido algo parecido.
Pero yo estaba desesperado por respuestas.
Estudié metafísica, Reiki, astrología, energía universal, Noesiterapia, psicogenealogía, Nueva Medicina Germánica, Ho’oponopono, trabajo energético con minerales, piedras de poder, energía plásmica y muchísimos otros temas relacionados con la conciencia y la energía humana.
Algunas cosas me parecieron absurdas.
Otras decepcionantes.
Y algunas pocas… verdaderamente sorprendentes.
Entre todos esos años de búsqueda, hubo momentos clave que marcaron profundamente mi camino.
En 2006 inicié formalmente la investigación de la dermovisión. Lo que comenzó como una simple curiosidad televisiva terminó convirtiéndose en años de experimentación obsesiva. Mi objetivo era desarrollar un método que permitiera despertar esa habilidad mental no solamente en niños, sino también en adultos e incluso en personas invidentes.
Aquello era algo que ni siquiera el reconocido investigador Jacobo Grinberg-Zylberbaum había logrado desarrollar completamente. Sus investigaciones se enfocaban principalmente en niños.
Yo quería ir más allá.
Y con el tiempo logré desarrollar un protocolo funcional para iniciar la habilidad en adultos y personas ciegas.
Ese mismo año también desarrollé un procedimiento extremadamente sencillo para aprender a percibir el aura humana. Descubrí que muchas personas podían desarrollar la habilidad si existía verdadero interés, práctica y entrenamiento de la percepción.
En 2007 comencé a estudiar profundamente las terapias magnéticas y el Biomagnetismo. Más adelante, en 2012, tuve incluso la fortuna de convertirme en alumno del propio Isaac Goiz Durán.
Pero mi investigación jamás se limitó únicamente a repetir lo aprendido.
Yo necesitaba entender los principios detrás de cada técnica.
Necesitaba comprobarlos.
Mejorarlos.
Experimentar.
En 2009 comencé a estudiar la energía piramidal gracias a la insistencia del ingeniero Valentín Pérez, jefe del departamento de geoestadística de Cementos Cruz Azul.
Curiosamente, al principio consideré el tema completamente irrelevante.
Pero terminé descubriendo resultados tan extraños y sorprendentes que aquello abrió una nueva línea completa de investigación en mi vida.
Años más tarde, en 2016, buscando nuevamente maneras de ayudar neurológicamente a Sergio, comencé a investigar la Estimulación Magnética Transcraneal.
Aquello terminó convirtiéndose en otro punto de ruptura.
Después de muchísimas pruebas, desarrollé mi propia versión de un estimulador magnético transcraneal. Con el tiempo observé que el dispositivo no solo podía ofrecer mejores resultados que algunos equipos clínicos internacionales, sino que además era considerablemente más seguro y muchísimo más económico.
Mientras los equipos clínicos internacionales costaban fortunas, mi versión podía fabricarse por apenas una fracción mínima del precio.
Pero lo más impactante ocurrió después.
Trabajando con ese aparato descubrí frecuencias específicas que parecían interactuar directamente con el llamado “cuerpo energético” humano. A partir de ello logré desarrollar un método para eliminar pares biomagnéticos muchísimo más rápido que utilizando imanes convencionales.
Mientras los procedimientos tradicionales dependían incluso de factores geográficos y podían tardar mucho más tiempo, el sistema que desarrollé realizaba el proceso en apenas dos minutos.
Así nació en 2017 el despolarizador biomagnético BioMAGNES.
Ese mismo año comencé a integrar prácticamente todo lo aprendido durante casi dos décadas de investigación: biomagnetismo, energía piramidal, frecuencias magnéticas y trabajo energético.
El resultado fue un proyecto extremadamente ambicioso.
A principios de 2019 terminé el desarrollo de una estructura que llamé Pirámide Biomagnética, diseñada con la intención de despolarizar simultáneamente todos los pares biomagnéticos presentes en una persona simplemente permaneciendo dentro de ella durante aproximadamente veinte minutos.
Parecía ciencia ficción.
Y honestamente, muchas veces yo mismo sentía que mi vida había terminado convirtiéndose en algo que jamás habría imaginado cuando era joven.
Pero entonces llegó el año 2020… y con él el caos mundial.
En marzo de ese año identifiqué lo que consideré el par biomagnético relacionado con el COVID-19: Punta de Nariz – Esófago. Decidí compartirlo públicamente mediante un video en YouTube titulado “Imanes para Coronavirus”.
El video comenzó a viralizarse rápidamente.
En apenas tres semanas alcanzó más de setenta mil visualizaciones.
Pero justamente cuando empezaba a expandirse masivamente, la plataforma eliminó el contenido por tratarse de un procedimiento no oficial.
Aun así, durante los años 2020, 2021 y 2022 continué investigando y compartiendo hallazgos relacionados con distintos pares biomagnéticos asociados al llamado hongo negro, Candida auris y distintas variantes del COVID como alfa, delta y ómicron.
Ayudé directamente a cientos de personas y, de manera indirecta, a miles más gracias a terapeutas de biomagnetismo que utilizaron la información que compartí.
Y en 2021, continuando con mis investigaciones sobre frecuencias, descubrí una frecuencia específica que, según mis observaciones y pruebas, permitía neutralizar el hidróxido de grafeno presente en ciertas vacunas.
A partir de ello desarrollé también un dispositivo capaz de emitir dicha frecuencia.
Sé perfectamente que muchas de las cosas que he vivido, investigado o desarrollado pueden sonar imposibles, exageradas o incluso absurdas para muchas personas.
Lo entiendo.
Porque yo mismo fui escéptico gran parte de mi vida.
Pero después de todo lo vivido con Sergio, después de tantos hospitales, diagnósticos, búsquedas, pérdidas, coincidencias y experiencias difíciles de explicar… llegué a una conclusión muy simple:
El mundo es muchísimo más extraño de lo que creemos.





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