Nosotros
Del completo Escepticismo, a vivir de eso que decía: “son mentiras”
nuestra historia
lo que debía ser el día más maravilloso de Nuestras vidas, se Convirtió en la peor pesadilla.
Hola, está es la historia de por qué existe todo lo que aquí puedes encontrar, nunca me interesó nada de esto, es más, todo lo que aquí ves pensaba eran engaños, tenían que llegar Monika y Sergio a cambiar eso. Era muy racional del tipo que no cree en nada y de los que dicen: “hasta no ver no creer”, y si Dios existe ¡qué bien! a mi que me deje vivir mi vida… pero no tardaría en vivir en toda su expresión el dicho: “Si quieres hacer reir a Dios, cuéntale tus planes.”
Mi nombre es Juan Hernández, nací en el Distrito Federal, ya mencioné a Monika y a Sergio, ya llegaré a ellos, mi vida en todos los aspectos fue lo que podría considerar normal, pasaron algunas cosas fuertes o muy locas, principalmente en la adolescencia pero ¿a quién no?, como que casi me fichan por una “fiesta inolvidable” con amigos en una cabaña en popo park, sacaba compañeros mormones de un internado en la cajuela de un auto para ir por cervezas, un Mustang 68 rojo edición especial “tapas doradas”, en restauración me lo robaron cuando nació Sergio, pero todo esto pasó a término de irrelevante tontería por todo lo que estaba por venir.
Estudié primaria y secundaria en una escuela católica, la preparatoria en una escuela de mormones, en 1989 comencé la Carrera de Diseño de la Comunicación Gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco, era la carrera de moda, muy difícil de entrar por su reputación como una de las mejores del país, incluso mejor que muchas particulares de “renombre”, entre a la primera, mi pasión por la carrera me llevó a trabajar sobre lo que aprendía mucho tiempo antes de terminar, hasta que mi pequeño negocio personal se convirtió en una empresa mediana en la que fabricaba artículos promocionales a varias empresas nacionales y transnacionales, en el año 1998 sucedió un importante imprevisto, me quedé sin clientes, pero como si todo fuera planeado, un conocido llegó a platicarme de un viaje que estaba planeando, un viaje que yo también en algún momento deseaba hacer, conocer y viajar por Europa en tren, analizando la situación decidí que era el mejor momento para hacerlo, tiempo libre, dinero ahorrado y el dinero de inversión de trabajo en mis manos, no había mejor momento.
Aunque en el camino laboral también ocurrieron historias dignas de contarse; como convertirme en proveedor estrella de Kimberly-Clark, Colgate-Palmolive y Papelerías Lumen; proveedor de promocionales de motorola, KFC, Smirnoff, Absolut, D’gari, y muchas empresas más, logré ser el primer fabricante mexicano de tatuajes temporales; y vivir muchas otras victorias que en otro momento merecerían su propio capítulo, ninguna de ellas es realmente importante. Porque esta historia es de por qué existe todo lo que hay en esta página.
Llegué a Madrid en marzo de 1998 y así, con mochila al hombro comencé a vivir el sueño que muchas veces había tenido. Conocí personas de todas partes del mundo: viajeros de rutina, viajeros que huían de la rutina, estudiantes extranjeros aprovechando vacaciones para conocer, y hasta compatriotas que, igual que yo estaban viviendo su sueño. Cada lugar que visitaba tenía una emoción diferente, cada estación de tren dejaba una marca particular, una sensación diferente de acuerdo a la experiencia vivida en aquel distante lugar, algunas por su belleza, otras por calidez inesperada de la gente, y la mayoría por la enorme historia del lugar, pero cada despedida parecía arrancar una pequeña parte de quien yo había sido hasta entonces.
Podría pasar horas contando todo lo vivido en aquellos meses: las noches interminables, los encuentros inesperados, las conversaciones que parecían cambiar el rumbo de una vida, compañeros fugaces de viaje, los momentos de soledad absoluta y también los instantes de libertad más intensos que he conocido. Pero convertir esas experiencias en palabras haría esta historia demasiado larga…
Después de casi tres meses de viaje, mi destino me alcanzó…
En Budapest conocí a Monika, no fue un encuentro planeado, ni lógico, ni esperado. Fue una de esas coincidencias imposibles que parecen escritas en una novela. De esas cosas que pasan sólo en sueños, que si se hubieran planeado jamás se conjugarían las circunstancias para que ocurriera. Entre calles antiguas, idiomas desconocidos y una ciudad que parecía suspendida en el tiempo, apareció ella… un encuentro casual que se prolongó inesperadamente conociendo el Zoológico de la ciudad, ese día planeaba salir de Hungría, decidí aplazar la salida, total, no tenía que rendir cuentas a nadie de lo que hacía. Fue inicialmente un encuentro ocasional, fugaz, sin relevancia, sin darme cuenta Monika se convirtió en la más agradable y hermosa guía turística mostrándome Budapest, después compañera de viaje conociendo su País. Y así de repente cuando decidí continuar mi viaje ella me dijo: “Me voy contigo”, yo le contesté: “Si, vámonos”. La tremenda racionalidad de la que me jactaba, al parecer la había perdido. Habían pasado solo unos días desde que nuestras vidas se cruzaron, pero algo irreversible estaba ocurriendo.
Fue una aventura viajar con Monika, ella con 17 años, los pasaportes, el miedo en las fronteras, viajamos juntos por Austria, Alemania, Suiza, Francia y finalmente España, eso es también para otra historia. Regresé a México con Monika, y así, nos casamos.
Pasaron muchas cosas hasta que…
En abril del año 2000 ocurrió el día que debía convertirse en el más feliz de nuestras vidas… y terminó transformándose en uno de los más oscuros y dolorosos.
Nació mi hijo Sergio con tan solo cinco meses y medio de gestación.
Llegó al mundo demasiado pronto. Tenía apenas cinco meses y medio de gestación y pesaba solamente 980 gramos. Era tan pequeño, tan frágil, que cabía prácticamente entre las manos. Su vida pendía de un hilo desde el primer segundo.
Todo ocurrió en medio de una terrible negligencia médica por parte del nefasto ginecólogo que llevaba el embarazo de Monika. En el Hospital Dr. Río de la Loza, ubicado en Lomas Verdes, Naucalpan, Cuando comenzó el parto, no había médicos presentes. Ni siquiera personal de enfermería capacitado. La única aprendiz de enfermera que estaba ahí no sabía ni cómo recibir a un bebé prematuro.
Cada momento era una pesadilla. En apenas tres días, la cuenta del hospital ya superaba los seis mil dólares. Pero el dinero era lo último que ocupaba mi mente. Mi único pensamiento era Sergio.
Intenté hablar con el propietario del hospital para negociar el pago y ganar algo de tiempo. Nunca imaginé lo que estaba a punto de escuchar.
Con absoluta frialdad, aquel hombre —un médico sin la más mínima calidad humana— me dijo:
“Tu hijo se va a morir… ¿para qué luchas?, ¿para qué te preocupas? Se va a morir y de todas maneras vas a tener que pagar.”
Sentí que el mundo se detenía.
Me sorprendió escuchar palabras tan crueles saliendo de alguien que llevaba una bata blanca. Por un instante, aquella bata dejó de parecerme la de un médico; me pareció la de un carnicero. Su actitud era evasiva, fría, deshumanizada. Poco tiempo después entendí que probablemente le preocupaba una posible demanda. Pero en ese momento, eso jamás pasó por mi cabeza. Yo no pensaba en abogados, dinero ni venganza. Yo solo pensaba en Sergio.
Y mientras luchaba por sobrevivir, me informaron que el Hospital no contaba con la atención neonatal que Sergio necesitaba, además descubrí algo devastador: el dinero parecía tener más valor que la vida de un ser humano.
Desesperado, comencé a buscar otro hospital que tuviera capacidad real de atención neonatal. Finalmente logramos trasladarlo al hospital municipal de Atizapán. Ahí Sergio siguió peleando por su vida, conectado a máquinas, resistiendo contra toda lógica médica. Su diminuto cuerpo llegó a bajar hasta los 450 gramos.
Si, cuatrocientos cincuenta gramos. Pesaba menos que muchas botellas de agua. Aun así, seguía vivo.
El médico encargado del área neonatal comenzó a entusiasmarse con los pequeños avances de Sergio. Cada hora superada, cada gramo ganado parecía un milagro. Cada momento era una victoria improbable. Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Mi cuñado, cuyo padre era miembro del Estado Mayor Presidencial, consiguió lo que parecía imposible: un lugar en el Instituto Nacional de Perinatología, probablemente la mejor institución de México para la atención de bebés neonatales. Pensamos que finalmente Sergio estaría seguro.
Pero el traslado se convirtió en otra escena que quedó marcada para siempre en mi memoria y su vida.
El médico que llegó por Sergio —un pasante neonatal— estaba visiblemente molesto desde el primer momento. Recuerdo perfectamente sus palabras llenas de arrogancia y desprecio. Decía que él era médico de piso, no “un simple médico de traslados”. Como si atender a un bebé agonizante estuviera por debajo de su dignidad.
Desde el inicio observé cómo manipulaba a Sergio de manera brusca, casi violenta. No había cuidado, no había delicadeza, no había humanidad. Cuando llevaban la incubadora rumbo a la ambulancia, empujó con fuerza a su asistente sobre los vibradores de velocidad de la rampa del estacionamiento. Vi la incubadora sacudirse violentamente. Vi el pequeño cuerpo de Sergio brincar y rebotar dentro de ella como si fuera un objeto cualquiera.
Y yo grité.
“¡Cuidado!”
Pero no le importó.
Ni siquiera volteó a verme.
Nunca en mi vida había deseado verdaderamente el mal para alguien… hasta ese día.
El trayecto hacia el hospital duró aproximadamente cincuenta minutos… para mí fue una eternidad.
Durante el camino, Sergio sufrió dos paros cardiorrespiratorios.
Cada vez que entraba a verlo, le acariciaba suavemente la planta de su pequeño pie. Siempre obtenía una respuesta. Era una forma de tranquilizarme y saber que seguía luchando. Ese día no hubo respuesta. Ninguna. Jamás olvidaré el vacío que sentí en ese instante.
Poco después nos informaron que Sergio había sufrido un derrame cerebral. Escuchar esas palabras fue como caer en un abismo del que parecía imposible salir. Sentí miedo, impotencia, rabia y una tristeza tan profunda que no sabía cómo sostenerme en pie. Sin embargo, lentamente, contra todo pronóstico, Sergio comenzó otra vez a responder. Nos dieron esperanza hablándonos de la plasticidad cerebral. Y entonces apareció de nuevo esa esperanza engañosa a la que uno se aferra desesperadamente, la ilusión de creer que ahora sí, estando ahí, en el mejor lugar posible, todo finalmente mejoraría.
Después de tres meses de hospitalización, Sergio fue dado de alta pesando apenas 1,900 gramos. Algo completamente fuera de lo normal, pues sabíamos que el alta normalmente se autorizaba hasta alcanzar al menos los dos kilos. Pero en ese momento nosotros solo queríamos salir de ahí, llevarlo a casa, abrazarlo lejos de hospitales, máquinas y pronósticos devastadores.
Nunca imaginamos que, una vez más, también estaban tratando de deslindarse de responsabilidades.
La única observación importante que hicieron al alta fue que debíamos llevarlo cuanto antes a un hospital especializado para revisar sus ojos. Nos explicaron que, debido a las altas concentraciones de oxígeno que había necesitado dentro de la incubadora, existía el riesgo de desarrollar retinopatía del prematuro. Con apenas dos días fuera del hospital, todavía dependiendo de líneas de oxígeno para respirar, llevamos a Sergio al Hospital para Evitar la Ceguera A.C., en Coyoacán, para que lo valoraran.
Hasta entonces, cuando Sergio estaba en casa, seguía nuestras voces con la mirada. Nos veía. Respondía a nuestra presencia. Sus ojos buscaban los nuestros. Pero de pronto… dejó de hacerlo.
Y ahí entendimos lo que estaba ocurriendo.
El diagnóstico fue devastador: desprendimiento de retina en ambos ojos.
Nuestro hijo se estaba quedando ciego.
Cinco días después del alta del Instituto Nacional de Perinatología, le realizaron dos procedimientos de crioterapia con nitrógeno, uno en cada ojo. El tratamiento consistía en congelar partes de la retina para intentar detener el desprendimiento. Era una medida desesperada para salvar algo de visión. Pero no funcionó. Cuando Sergio salió del quirófano aquella vez, tenía los ojos tan inflamados que apenas parecía el mismo bebé. Verlo así fue uno de los momentos más impactantes de mi vida. Mi esposa Monika, al verlo, perdió el conocimiento y se desmayó por la impresión.
Y todavía faltaba más. Quince días después intentaron una nueva cirugía para volver a adherir la retina de uno de sus ojos. Mes y medio más tarde realizaron otra intervención en el otro ojo.
Ambas fracasaron.
A partir de entonces, Sergio quedó bajo seguimiento pediátrico de trece subespecialidades médicas distintas por parte del Instituto Nacional de Perinatología. La primera recomendación médica fue abandonar cuanto antes la Ciudad de México, debido a que durante su hospitalización había sufrido tres neumonías y el ambiente de la ciudad representaba un riesgo constante para él. Para mí aquello parecía una locura. Mi empresa finalmente había comenzado a recuperarse. Había logrado recuperar a las compañías transnacionales como clientes y, mi negocio volvía a estar estable. Dejar todo otra vez significaba empezar desde cero.
Sin embargo, el día que Sergio nació, cuando finalmente me permitieron entrar a verlo en aquella incubadora, le hice una promesa: que jamás lo dejaría solo. Que pasara lo que pasara, haría todo lo que estuviera en mis manos por él. Y estaba dispuesto a cumplirlo. Aunque solo bebía alcohol ocasionalmente en fiestas o reuniones, decidí dejarlo completamente. Necesitaba tener la mente clara para cada decisión que necesitara tomar sobre él, y eso ocurría a cada momento. Fue entonces cuando entendí realmente la frase: “Por un hijo haces hasta lo imposible.”
Hasta ese momento yo no creía en energías, karma ni espiritualidad. Dudaba incluso de que existiera un Ser superior, o algo más allá de lo que se puede tocar. Pensaba que nada invisible podía influir en nuestras vidas y mucho menos que los seres humanos tuviéramos la capacidad de mover o percibir algún tipo de energía. Era sumamente racional y como Santo Tomás: ver para creer. Todo lo que estaba ocurriendo rompía mi manera de entender el mundo.
Comencé a hacerme preguntas sobre todo lo que estaba ocurriendo, nunca culpé a Monika… pero aun así mi mente trataba de entender… ¿Había un culpable? ¿Era ella? ¿Era yo? ¿Había hecho algo terrible en mi vida y ahora Dios me estaba castigando? ¿Era una venganza? ¿Por qué nosotros?
Buscando respuestas mi hermano nos inscribió a un extraordinario curso de metafísica llamado “Conciencia de Salud”, impartido por Martha Sánchez Navarro, hija de Manolo Fábregas.
Ahí fue que comenzó un increíble camino que jamás imaginé que existía.
Ese mismo año Monika y yo también nos iniciamos en Reiki… y la primera vez que sentí aquello que llamaban “Energía Universal” fue increíble, cambió mi forma de ver el mundo.
En la primera oportunidad que tuve autosabotee mi negocio para salir de la Ciudad de México. Dejé atrás mi empresa, mis clientes, años enteros de esfuerzo y todo aquello que había construido con tanto trabajo. En julio de 2001 me mudé junto con mi familia al puerto de Veracruz, lugar donde vivía mi hermana mayor y un hermano de mi mamá, padrino de bautizo de Sergio, por lo menos no estaríamos solos, jajajaja eso creí.
En ese momento yo era el único fabricante en México de tatuajes temporales: aquellas calcomanías que, al colocarse sobre la piel y humedecerse, permanecían adheridas durante varios días. Había logrado abrirme paso en un mercado prácticamente inexistente en el país. Empresas importantes ya me hacían pedidos constantes y, después de muchos años de lucha, finalmente comenzaba a sentir que todo el esfuerzo había valido la pena.
Pero México tiene una realidad cruel para quienes intentan crecer lejos del centro: todo sucede en la Ciudad de México, internet estaba en pañales. Ahí se toman las decisiones. Ahí nacen las campañas publicitarias. Ahí están las grandes corporaciones, las agencias, las reuniones, los contratos y las oportunidades. Y yo acababa de alejarme de todo eso.
Intenté mantener el negocio a distancia utilizando internet, pero en aquellos años la red apenas comenzaba y estaba muy lejos de ser la herramienta que es hoy. Las videollamadas eran inexistentes, las plataformas de venta no existían como ahora y cerrar negocios importantes a cientos de kilómetros de distancia era mucho más complicado de lo que cualquiera puede pensar el día de hoy.
Por insistencia de Monika, y utilizando parte del dinero que aún conservábamos tras cerrar la empresa, decidimos abrir una tortillería. Era un negocio familiar que yo conocía bien desde hacía años. La estabilidad estaba ahí, en algo más simple, más cotidiano, más seguro.
Al poco tiempo también abrimos un pequeño negocio de comida para llevar.
Conforme pasaba el tiempo, comenzamos a darnos cuenta de algo devastador: el diagnóstico de la pediatra que atendía a Sergio en el Instituto Nacional de Perinatología había sido terriblemente equivocado o evadido. Nos habían asegurado que Sergio no presentaba daño neurológico importante. Cada día la realidad gritaba lo contrario.
Sus movimientos, sus reacciones, su desarrollo… algo no estaba bien. Había señales evidentes de que existían problemas neurológicos serios. Y mientras más tiempo pasaba, más imposible era ignorarlo. Decidimos cuestionar directamente a la pediatra. Queríamos entender por qué nunca había sido canalizado al área de neurología. Por qué nadie había considerado necesario evaluarlo más profundamente después de todo lo que había vivido. Pero cuando comenzamos a insistir… ocurrió algo increíble.
El expediente médico de Sergio desapareció. Simplemente se perdió.
Hasta el día de hoy no sabemos qué ocurrió realmente. Nunca supimos si fue producto de la ineptitud de aquella Médico o si alguien dentro de la institución decidió evitar que Sergio formara parte de las estadísticas de niños dados de alta con secuelas neurológicas graves. Ya no importaban las explicaciones. El daño estaba ahí.
Cada vez resultaba más evidente que haber abandonado la Ciudad de México había sido un error enorme. Porque no solo ahí se concentran las empresas más importantes del país… También están las mejores instituciones médicas, los especialistas más preparados y las oportunidades reales de atención para casos complejos como el de Sergio. Mientras más entendíamos eso, más atrapados y solos nos sentíamos.
Recuerdo perfectamente el día en que algo dentro de mí terminó de romperse por completo. No fue en un hospital. No fue durante una cirugía. No estaba frente a una incubadora ni escuchando diagnósticos devastadores. Fue con una simple frase que venía de alguien cercano, de alguien que queríamos. Una frase tan cruel, tan fría y tan inhumana,
el padrino de Sergio, hermano de mi madre, le dijo a Monika:
“¿Y por qué no lo dejaste morir en el hospital?” Lo dijo con una naturalidad aterradora, como si estuviera hablando de un problema cualquiera, quedó destrozada. Después de todo lo vivido escuchar esas palabras provenientes de alguien cercano fue devastador. Hay palabras que uno olvida con el tiempo. Y hay otras que se quedan para siempre.
Cuando estás viviendo una tragedia así, uno espera encontrar humanidad en la familia, refugio en las personas cercanas, una mano que ayude a sostenerte cuando apenas puedes mantenerte de pie. La realidad puede ser cruel y brutalmente distinta.
Con el tiempo he aprendido también otra cosa, la vida siempre encuentra la manera de equilibrar las cosas. Siempre el golpe regresa, en el fondo sé que algún día llegará su “justicia divina”, esa que nadie puede evitar cuando pagas el daño que ocasionaste.
Quizá lo más doloroso no fue solo escuchar aquella frase. Lo más doloroso fue descubrir la absoluta soledad que nos acompaña. Durante los cinco años que vivimos en Veracruz, mi hermana no nos visitó ni una sola vez. jajaja mi hermana. Ni una. Y no, no es una exageración dicha desde el resentimiento. Es literalmente la verdad. Ni siquiera una llamada preguntando “¿Cómo estás?”.
Cuando atraviesas una situación como la que vivimos Monika, Sergio y yo… la realidad es que te quedas completamente solo. Descubres que quiénes menos esperas son capaces de abandonarte precisamente cuando más los necesitas.
Después de un par de años en el Puerto de Veracruz decidí crecer mi negocio con una sucursal, el mismo día que tenía cita para ver un nuevo local, teníamos cita en un nuevo centro de atención donde me aseguraban era lo mejor en Veracruz y en ese lugar Sergio llevaría las mejores terapias y atención, estábamos emocionados.
Monika me pidió que yo llevara a Sergio, raramente me pedía que yo me encargara de asuntos de Sergio en horarios en que el negocio estaba abierto, accedí sin cuestionar y como no tenía pendientes yo llevé a Sergio. Fue sumamente decepcionante al llegar ver que la persona que me habían asegurado que contaba con toda la experiencia y que sabría trabajar con mi hijo, no tenía la más remota idea de qué hacer con él, la ilusión de crecer mi negocio se desmoronó. No sabía lo importante que terminaría siendo ese momento. Porque en ese instante comprendí algo brutal: No importaba cuánto trabajara. No importaba cuánto dinero ganara. No importaba cuántos negocios lograra levantar. Nada de eso tenía sentido si no podía encontrar ayuda real para mi hijo.
Platicando esa noche con Monika llegamos a una conclusión dolorosa: daba exactamente lo mismo volver a empezar en la Ciudad de México… o hacerlo en cualquier otra parte del mundo. Todo se había reducido a una sola pregunta: ¿Dónde tendría Sergio una mejor oportunidad de vida? Y entonces miramos hacia Hungría.
Después de todo, Sergio también es húngaro.
Comenzamos a investigar con desesperación, buscando algo que pudiera ofrecerle un futuro distinto, una oportunidad real de rehabilitación. Así encontramos una escuela para invidentes fundada en el año 1808. La fecha me impresionó profundamente. Mientras México aún seguía bajo dominio español, en aquel lugar ya existía una institución dedicada a enseñar y ayudar a invidentes. Solicitamos información de inmediato. Después de muchas dudas, conversaciones y miedos, tomamos la decisión: Sergio ingresaría al curso escolar que comenzaba en agosto de 2006.
A finales de julio acompañé a Monika y a Sergio a Madrid. El plan era permanecer solamente dos días en España antes de que ellos viajaran solos a Budapest, donde la familia de Monika ya los esperaba. Yo regresaría temporalmente a Veracruz para intentar traspasar el negocio y alcanzarlos más adelante. Por otra de esas coincidencias que parecen demasiado precisas para ser casualidad, el hotel donde nos hospedamos estaba ubicado a media cuadra de las oficinas generales de la ONCE, la Organización Nacional de Ciegos Españoles.
Recuerdo haber pensado: “Si ya estamos aquí… es obligado buscar libros y asesoría.”
Necesitábamos orientación. Necesitábamos aprender cómo ayudar a Sergio. Hasta ese momento habíamos sobrevivido más por amor y terquedad que por una verdadera guía profesional. Desde recepción nos canalizaron inmediatamente al área de servicio social. Ahí, una nos recibió una amable señora que comenzó a preguntarnos sobre nuestros planes, la condición de Sergio y el motivo de nuestro viaje.
Cuando le explicamos que Sergio viajaría a Hungría para ingresar a una escuela especializada, nos hizo una pregunta sencilla que nos dejó en silencio:
—¿Sergio entiende húngaro?
—No… —respondimos.
La mujer frunció ligeramente el ceño, sorprendida.
—Entonces… ¿qué van a hacer allá? Aquí tienen uno de los sistemas más avanzados para atención y adaptación de personas invidentes de todo el mundo hispano, incluso mejor que muchos países desarrollados. Aquí estaría mejor.
Casi por reflejo respondí:
—Sergio no es de aquí… es mexicano, no español.
Y entonces aquella mujer dijo una frase que jamás he podido olvidar:
—¡No importa! ¡Los niños no tienen nacionalidad!
Sentí un nudo en la garganta.
Porque en medio de tantos hospitales, trámites, indiferencia y personas viendo expedientes antes que seres humanos… alguien acababa de mirar a mi hijo simplemente como lo que era:
Un niño.
No un problema.
No una estadística.
No un extranjero.
Un niño.
Por un instante estuve a punto de cambiarlo todo.
De cancelar Hungría.
De quedarnos en España y aceptar aquella mano que el destino parecía extendernos.
Pero ya existía un compromiso con la escuela en Budapest. La familia de Monika los esperaba. Y después de tantos meses de incertidumbre, tampoco queríamos romper aquella esperanza.
Así que, con el corazón dividido, vi partir a mi esposa y a mi hijo rumbo a Hungría… mientras yo abordaba un avión de regreso a Veracruz.
Ellos avanzaban hacia un futuro incierto. Y yo regresaba solo a traspasar nuestro negocio… para después alcanzarlos y volver a reunir a mi familia.
En noviembre de 2006 ocurrió algo que, en ese momento, parecía una simple curiosidad televisiva… pero que terminaría alterando todo lo que conocía profundamente. Estaba viendo Otro Rollo, el programa conducido por Adal Ramones. Entre bromas, entrevistas y el tono relajado habitual del programa, presentaron a un grupo de niños con los ojos completamente vendados que aseguraban poder “ver” utilizando las manos. Tocaban objetos con los dedos y describían colores, formas e incluso detalles imposibles de identificar de manera normal.
Mi primera reacción fue: “Esto tiene que ser una broma del programa.”
Pensé que era otra de esas dinámicas exageradas para televisión, una vacilada, cambié el canal, de 60 canales por cable volví a “otro rollo”, seguían con un niño con los ojos vendados describiendo todos los detalles de una fotografía, no era de mi completo agrado Adal Ramones y su programa a no ser que estuviera en su programa una celebridad, volví a cambiar el canal a la televisión buscando algo que ver.
Por tercera vez llegué de nuevo a otro rollo, ahora con la información para asistir a un curso de Dermovisión con el Dr. José Luis Altamirano. La situación de Sergio ya me había llevado a cuestionar demasiadas cosas que antes consideraba falsas. Y cuando eres padre de un niño invidente, incluso la esperanza más absurda merece al menos una oportunidad.
Así fue como decidí viajar a la Ciudad de México para tomar mi primer curso de “Dermovisión”.
Recuerdo perfectamente el ambiente de aquel curso. Había expectativa, curiosidad y también desesperación disfrazada de interés espiritual. Muchos de los asistentes llegábamos buscando algo más que conocimiento; buscábamos respuestas, milagros o al menos una mínima posibilidad de esperanza.
Sin embargo, conforme avanzaban las prácticas, comenzó a aparecer una sensación incómoda.
Nada ocurría.
Durante el receso, varios de nosotros fuimos juntos a comer y la conversación fue inevitable. Todos compartíamos exactamente el mismo desagrado: ninguno estaba percibiendo absolutamente nada.
Nada de colores.
Nada de energía.
Nada de “visión”.
Pero nadie reclamó.
Y no reclamamos porque también habíamos sido testigos de algunos niños que aparentemente sí habían comenzado a desarrollar ciertas habilidades sorprendentes. Eso bastaba para sembrar la duda y mantenernos ahí, aferrados a la posibilidad de que quizá el problema éramos nosotros.
Un mes después organizaron un curso de astrología impartido por un socio del instructor de dermovisión. Para entonces yo ya estaba completamente inmerso en la búsqueda desesperada de cualquier cosa que pudiera ayudar a Sergio o ayudarme a entender por qué nuestra vida se había convertido en aquella sucesión interminable de pruebas.
Durante ese curso revisaron mi carta astral.
Recuerdo que el instructor me observó con seriedad y me dijo algo que en ese momento me pareció completamente absurdo:
—Tú vienes a enseñar.
No tenía la menor idea de lo que hablaba.
¿Enseñar qué?
¿A quién?
¿Con qué autoridad?
Yo apenas intentaba mantener mi vida en pie, me imaginé dando clases en un salón de primaria, me moría de la risa.
Días después asistí al segundo nivel de dermovisión. Y nuevamente apareció la misma sensación de frustración. Otra vez no percibía nada. Otra vez los ejercicios parecían repetirse. Otra vez las respuestas eran ambiguas y confusas.
Pero en aquella ocasión ocurrió algo extraño.
Durante el receso, el instructor y el astrólogo me pidieron específicamente que los acompañara a comer. En medio de la sobremesa decidí preguntar directamente algo que llevaba tiempo rondando mi cabeza.
—¿Qué tendría que hacer yo para enseñar dermovisión?
Les expliqué que quería aprenderlo para enseñárselo a Sergio. Si existía aunque fuera una mínima posibilidad de desarrollar alguna percepción alternativa, yo estaba dispuesto a dedicar mi vida entera a ello.
La respuesta me golpeó de inmediato.
El instructor me dijo que no era posible enseñar dermovisión a personas invidentes.
Sentí cómo se desplomaba algo dentro de mí.
Pero además añadió otra condición:
para enseñar, debía estudiar todos los niveles del sistema.
En ese momento me explicó que eran cuatro niveles.
Recuerdo perfectamente que me quedé confundido, porque cuando había tomado el primer nivel dijo que eran tres. Algo comenzó a incomodarme profundamente, aun así seguí adelante. Porque cuando uno está desesperado por ayudar a un hijo, el juicio se vuelve vulnerable. Uno empieza a caminar entre la esperanza y la necesidad, aunque el terreno debajo de los pies comience a sentirse falso.
En diciembre de ese mismo año llegó a Veracruz una “Expo Infinitum”, organizada por el canal de televisión Infinito, cuya programación en aquella época estaba enfocada en temas de energía, espiritualidad y fenómenos paranormales. Había conferencistas, sanadores, astrólogos, terapeutas, personas hablando de dimensiones, energía universal, vidas pasadas y poderes mentales. Y entre todos aquellos stands había varios lugares donde realizaban fotografías e interpretación del aura utilizando cámaras Kirlian. Desde hacía tiempo tenía curiosidad por saber cómo sería mi “aura”, así que decidí hacerlo. Cuando revelaron la imagen, apareció un color verde brillante rodeándome. La persona que interpretaba la fotografía me observó y dijo: —Tienes energía para ayudar a los demás. eres sanador, deberías dedicarte a eso.
Me sorprendió profundamente escuchar aquello. Primero maestro de escuela y ahora sanador, jajaja, si si si. Pensé que quizá el color tenía relación con el hecho de que apenas una semana antes había tomado el segundo nivel de Reiki. Traté de explicarlo racionalmente, aunque en el fondo comenzaba a sentir que algo extraño estaba ocurriendo, muchas coincidencias, muchas señales.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Monika estaba cada vez peor emocionalmente. En Hungría se sentía sola, triste y desesperada por regresar. Sergio no lograba adaptarse al idioma ni al entorno. Las promesas que nos habían hecho sobre la atención escolar no se estaban cumpliendo como imaginábamos. Yo le pedía paciencia.
Le decía que no tardaría en traspasar el negocio y reunirme con ellos.
Pero el tiempo seguía pasando.
Llegó el 2007… y yo seguía atrapado en Veracruz sin conseguir vender el negocio. La situación comenzó a volverse insoportable. La familia de Monika empezó a decirle que yo la había mandado de regreso a Hungría para abandonarla junto con nuestro hijo. Imaginar que ella estuviera escuchando eso mientras se encontraba sola, lejos de mí y enfrentando todas las dificultades con Sergio, me destrozaba por dentro. Me sentía desesperado: la necesidad de traspasar mi negocio que me mantenía lejos en Veracruz y el deseo de estar junto a ellos.
Mientras esperaba, quise continuar estudiando dermovisión y tomar el tercer nivel. Pero no había suficientes interesados para abrir el grupo. Así que, mientras tanto, en febrero decidí tomar el tercer nivel de Reiki.
Cada vez profundizaba más en aquella búsqueda de energías para ayudar a Sergio.
Monika estaba desesperada. Sergio apenas recibía atención unas cuantas horas por semana. No tenía el horario ni la atención integral que originalmente nos habían prometido. Todo comenzaba a derrumbarse otra vez. Finalmente, a principios de marzo, Monika regresó con Sergio a México y por fin, al mismo tiempo logré traspasar el negocio. Obsesionado con la idea de la dermovisión, insistí en tomar el siguiente nivel, aunque no hubiera alumnos suficientes. Para que me impartieran el curso exclusivamente a mí, tuve que pagar el equivalente a tres personas. Y entonces ocurrió algo que terminó de abrirme los ojos.
Ahora ya no eran cuatro niveles.
Ahora eran cinco.
Debía estudiar cuatro niveles más un supuesto “Master” especial para poder enseñar.
Por supuesto… con un costo todavía más elevado.
Salí profundamente decepcionado.
No solo seguía sin percibir absolutamente nada… sino que además la estructura del curso era prácticamente idéntica desde el primer nivel.
Los mismos ejercicios.
Las mismas explicaciones ambiguas.
Las mismas promesas.
Como se dice vulgarmente:
“La misma puerca… nomás revolcada.”
Y por primera vez comencé a sospechar que quizá, en medio de mi desesperación por ayudar a Sergio, había personas dispuestas a lucrar con la esperanza de quienes ya no saben hacia dónde correr.
A finales de Marzo nos fuimos juntos a Madrid íbamos a tomarle la palabra a aquella mujer de la ONCE que meses atrás nos había dicho algo que todavía resonaba dentro de mí:
“Los niños no tienen nacionalidad.”
Muchísima gente me dijo que estaba loco.
Que iba a tirar el dinero.
Que estaba persiguiendo fantasías.
Que abandonar otra vez todo lo que habíamos construido era una irresponsabilidad.
Que Europa no resolvería nuestros problemas.
Que tarde o temprano terminaríamos regresando derrotados.
Pero, sinceramente, no me importaba la opinión de nadie, eran mis zapatos y sólo yo estaba en ellos.
Había llegado a un punto donde lo único verdaderamente importante era saber que podría siempre verlo a la cara años después y saber que hice absolutamente todo lo posible por él.
No quería vivir con una pregunta clavada para siempre en la cabeza si no lo hacía:
“¿Y si sí hubiera funcionado?”
Además… Tenía una promesa que cumplir.
La promesa que le hice a Sergio frente a aquella incubadora el día que nació.
Así que a mediados de marzo llegamos a Madrid con más incertidumbre que certezas, cargando maletas y una esperanza que se negaba a morir.
Para sorpresa nuestra, Monika no tuvo ningún problema para obtener permiso de trabajo, Hungría ya formaba parte de la Unión Europea. Mi situación, en cambio, era mucho más complicada. Me explicaron que, con suerte, mi permiso podría tardar entre nueve meses y un año.
Otra vez quedaba atrapado en la incertidumbre.
Pero aun así, por primera vez en muchísimo tiempo, sentíamos que el entorno era distinto.
Llevamos a Sergio a la ONCE.
Yo iba lleno de expectativas. En mi mente seguía viva aquella conversación con la trabajadora social que nos había hablado con tanta humanidad meses antes. Imaginaba algo extraordinario, quizá una atención especializada revolucionaria, algo completamente distinto a lo que habíamos conocido en México.
Sin embargo, la realidad fue diferente.
La ONCE canalizó a Sergio a una escuela para niños con necesidades especiales que trabajaba con asesoría de la institución. Al principio sentí cierta desilusión, porque no era exactamente lo que yo había imaginado… pero poco a poco comenzamos a descubrir algo que nos dejó impactados.
Todo estaba pensado para apoyar realmente a las familias.
El transporte escolar pasaba por Sergio a las 8:30 de la mañana. Nosotros apenas le enviábamos algo ligero para desayunar, porque en la escuela le daban la comida fuerte completa. Recibía atención, terapias, actividades y regresaba a casa alrededor de las cinco de la tarde.
Y todo eso… sin costo alguno para nosotros.
Aquello me sorprendió profundamente.
Después de tantos años luchando contra hospitales, burocracia, negligencia y abandono institucional, encontrarnos con un sistema que realmente intentaba ayudar parecía casi irreal.
Además, por medio de la Comunidad de Madrid podríamos solicitar un apoyo económico para Sergio. Nos explicaron que el trámite tardaría aproximadamente nueve meses, pero eventualmente comenzaríamos a recibir ayuda.
También, mediante la seguridad social española, tendríamos acceso a apoyos adicionales.
Y todavía había más.
En la ONCE nos explicaron que, después de dos años viviendo legalmente en España, Sergio podría solicitar la nacionalidad y comenzar a recibir beneficios permanentes por parte de la institución: una pensión y apoyo para adquirir vivienda —o como allá le llaman, “un piso”.
Por primera vez en muchísimo tiempo sentí algo peligrosamente parecido a la tranquilidad.
Mientras Monika trabajaba, yo me dediqué casi obsesivamente al estudio de la energía y la dermovisión.
Ya no quería simplemente aprenderla. Mi mente racional quería entenderla, desmenuzarla, descubrir el mecanismo detrás de todo aquello, sobre todo, quería desarrollar un método que permitiera a cualquier persona adquirir la habilidad, sin importar la edad… e incluso si eran invidentes, no es difícil de entender que el objetivo siempre fue Sergio.
Trabajé intensamente la energía sobre mí mismo y sobre él. Horas y horas de investigación, estudio, ejercicios, concentración, prácticas y observación. Y cuando sospeché tenía una estructura concreta comencé a trabajar con Monika. Funcionó.
En octubre de 2007, guiando a mi esposa paso a paso en el manejo de la energía, logré desarrollar en ella la habilidad de la dermovisión.
Todavía recuerdo el impacto emocional de aquellos momentos, lo estaba viendo frente a mí.
Grabé videos de sus avances y, lleno de ilusión, los envié a todos los correos electrónicos que logré encontrar relacionados con la ONCE.
Todos.
Directivos. Coordinadores. Departamentos. Responsables institucionales. Más de 150 personas. Yo soñaba con algo enorme. Imaginaba que se interesarían en la habilidad y me permitirían enseñarla a personas invidentes. Pensaba que quizá aquello podía transformar la vida de muchísima gente. Y en el fondo también esperaba que, si alguien importante dentro de la institución veía el potencial de lo que habíamos conseguido, Sergio recibiría una atención más cercana a aquella promesa que nos habían hecho cuando llegamos a España.
Pero no ocurrió nada.
Ni una sola respuesta. Nada. Ni curiosidad. Ni preguntas. Ni interés. Solo correos automáticos. Silencio absoluto. Poco a poco entendí que aquel sueño… había sido solamente eso. Un sueño.
Pero la experiencia más extraña todavía estaba por llegar.
En noviembre de ese mismo año, Sergio fue hospitalizado debido a una fiebre altísima cuyo origen los médicos no lograban encontrar. Pasaban los días y la temperatura simplemente no cedía.
Una noche estaba solo con él en la habitación del hospital aplicándole Reiki para intentar ayudarlo a relajarse.
Detrás de mí había un televisor encendido.
Yo no le prestaba atención consciente. Mi concentración estaba completamente enfocada en Sergio aplicando la energía Reiki, de pronto empecé a escuchar el diálogo de una pareja que discutía en un programa de comedia.
Sin darme cuenta, comencé a seguir la escena mentalmente.
Y entonces ocurrió algo imposible.
Empecé a “ver” el televisor en mi mente.
No como imaginación.
No como recuerdo.
La estaba viendo.
Distinguí perfectamente las imágenes, los movimientos, los personajes, y fue hasta que escuché que uno de ellos decía una tontería absurda que pensé para mí mismo:
“Qué tontería…”
En ese instante algo dentro de mí reaccionó.
Abrí los ojos sobresaltado y volteé hacia el televisor.
Y lo que vi me dejó completamente helado.
La imagen que aparecía en la pantalla era exactamente la misma que estaba viendo en mi mente.
Exactamente la misma.
La única diferencia era que, en mi percepción interna, los colores eran muchísimo más intensos. Como si alguien hubiera aumentado el contraste y la saturación al máximo.
Me quedé paralizado.
No supe qué pensar.
No supe cómo explicarlo.
Y aquella experiencia fue tan fuerte, tan desconcertante y tan profundamente perturbadora… que durante un tiempo detuve completamente mi práctica de dermovisión.
Me asusto no saber hasta dónde podía llegar aquello que estaba desarrollando, racionalmente eso debía ser imposible.
Llegó diciembre de 2007… y con él comenzó a derrumbarse lentamente la última esperanza que había depositado en España.
Habían pasado meses desde que envié aquellos videos a decenas y decenas de personas relacionadas con la ONCE. Más de ciento cincuenta correos enviados con ilusión, esperando aunque fuera una sola respuesta, una llamada, una pregunta, una mínima muestra de interés.
Pero nunca llegó nada.
El silencio fue absoluto.
Y mientras yo seguía esperando una señal que jamás apareció, Monika comenzaba a apagarse emocionalmente.
Desde la primera vez que conoció México se había enamorado profundamente del país. Extrañaba su gente, el clima, la forma de vivir, los sabores, la calidez humana. Y conforme pasaban los meses en Madrid, ese deseo de regresar comenzó a crecer dentro de ella hasta convertirse en una necesidad.
Prácticamente todos los días me decía:
—Quiero volver a México.
Pero yo me negaba.
Le respondía siempre lo mismo:
—No podemos regresar. Aquí Sergio está mejor.
Y lo decía intentando convencerla… aunque en el fondo comenzaba a dudar también.
Porque la rehabilitación que nos habían prometido para Sergio nunca terminó de ser lo que prometieron. Y aquello que yo creía haber desarrollado y que soñaba enseñar para ayudar a personas invidentes había sido completamente ignorado. Rechazado sin siquiera ser escuchado.
Poco a poco comencé a sentir que ya no tenía ningún propósito seguir en España.
Siempre he recibido mensajes en mis sueños. No soy ni lo más mínimamente consciente de ellos, pero a lo largo de mi vida me ocurrió muchas veces: cuando tenía problemas en mis negocios, preocupaciones importantes o decisiones difíciles, despertaba repentinamente con soluciones claras en la mente, como si algo durante la noche acomodara las piezas que durante el día parecían imposibles de entender. Y una mañana de diciembre de 2007 desperté con una certeza absoluta. Abrí los ojos… miré a Monika… y sin pensarlo le dije: —Empaca las cosas. Nos regresamos. Sin discusión. Sin dudas. Simplemente sentía que ya no tenía nada que hacer en España. Así regresamos a México justo antes de las fiestas de fin de año y como muchos me habían advertido: prácticamente con los bolsillos vacíos. Pero tenía algo muchísimo más importante: Mi conciencia tranquila.
Podía mirar a la cara a Sergio y, además todas las acciones que he hecho por él, nunca las he considerado errores, todo para ha sido aprendizaje, y jamás he dejado de luchar y aprender por Sergio.
Durante el 2008 me dediqué intensamente a enseñar la habilidad que había desarrollado. Trabajé con muchísimas personas: jóvenes, adultos mayores, personas que habían perdido la vista años atrás e incluso ciegos de nacimiento.
Y mientras más aprendía sobre energías, más sentía que apenas estaba comenzando a entender algo muchísimo más profundo de lo que imaginaba, apenas vislumbraba “la entrada a la madriguera del conejo.”
Comencé entonces a estudiar los campos magnéticos, Magnetoterapia inicialmente, Energía Universal, el Par Biomagnético y diversas técnicas relacionadas con el manejo y aplicación de energía. También profundicé todavía más en Reiki y en otros métodos de sanación energética. Y aunque sé perfectamente que muchas personas pueden dudar de estos temas, debo decir que presencié resultados sorprendentes.
En medio de toda esa búsqueda desarrollé un ionizador de combustible aplicando conceptos aprendidos en magnetoterapia. El dispositivo mejoraba el rendimiento de gasolina de manera notable, incluso superando productos existentes en el mercado. En algunos vehículos los resultados eran verdaderamente impresionantes. Y diferente a lo que se dice para desacreditar estos productos, tienen un resultado muy efectivo, de alguna manera mejoran la combustión de la gasolina, el sensor de oxígeno lo detecta y la computadora es la que hace el ahorro cambiando la mezcla de aire combustible, por eso en unos vehículos es muy evidente y en otros no tanto y por eso en ralentí que es la forma como siempre muestran los resultados el consumo es el mismo.
En abril del 2009 comencé a comercializar mi ahorrador de gasolina, “Ahorra- Varo” mi primer cliente fue un Ingeniero corporativo de Cementos Cruz Azul, jefe de Geoestadística, el Ing. Valentín Pérez. Me citó en el edificio corporativo de la empresa en la Ciudad de México para entregarle los ionizadores de combustible que había adquirido. Pero aquella entrega terminó convirtiéndose en algo mucho más importante. Mientras conversábamos, me pidió que le realizara sesiones de Biomagnetismo. Desde hacía cinco años padecía enfisema pulmonar y necesitaba oxígeno constantemente para poder desarrollar sus actividades diarias. Así comenzaron varios encuentros memorables entre nosotros, y debo decir algo: no es fácil encontrar personas con quienes hablar abiertamente sobre energía, percepción y experiencias relacionadas con estos temas sin sentirse juzgado o incomprendido, cuando uno encuentra a alguien que realmente conoce y entiende sobre estos temas, se siente una especie de liberación, eso fue exactamente lo que nos ocurrió.
Cada vez que nos reuníamos pasábamos horas compartiendo investigaciones, experiencias, teorías, observaciones y aprendizajes. Él me enseñaba cosas desde su perspectiva y yo desde la mía, había un tema que le apasionaba profundamente: La energía piramidal.
Sinceramente… a mí no me interesaba en lo más mínimo, estaba completamente enfocado en los imanes y el trabajo energético directo, no me interesaban las pirámides. Sin embargo, un día me hizo una petición: fabrica una pirámide con un imán dentro. Cada vez que nos veíamos insistía, yo simplemente ignoraba la idea. Hasta que un día llegó con un modelo físico en las manos y prácticamente me obligó a fabricarla.
Ya no pude negarme.
La construí… pero honestamente me pareció algo tan insignificante que la dejé arrumbada. Ni siquiera me interesó probarla. Al mismo tiempo dejé de ver al ingeniero Valentín. Y entonces ocurrió algo completamente inesperado. Un día llegó a consulta un amigo al que anteriormente le había regalado un imán especial para ayudar a dormir, lo perdió y me pidió un reemplazo, no cualquier imán es apropiado para eso; el tamaño, la potencia y la polaridad deben ser los correctos, no tenía uno disponible para darle y, como no quería que se fuera sin nada, casi por impulso le dije:
—Llévate la pirámide y pruébala.
La verdad… no esperaba absolutamente ningún resultado, pero a la siguiente sesión regresó emocionadísimo, recuerdo perfectamente cómo entró diciendo:
—¡Juan… qué maravilla tu pirámide!
Me quedé sorprendido.
—¿De verdad? —le pregunté incrédulo— ¿Mejor que el imán?
Y respondió inmediatamente:
—¡Mucho mejor!
Sabía que él también utilizaba magnetos para ionizar agua, así que le pedí que reemplazara los imanes por la pirámide y siguiera observando resultados.
A la sesión siguiente volvió todavía más impresionado.
—¡Juan… qué maravilla tu pirámide!
Ya comenzaba a intrigarme seriamente.
—¿En serio es mejor que los imanes?
—¡Muchísimo mejor!
Entonces me di cuenta de algo ridículo:
Había tenido aquella pirámide terminada, lista para usar… y ni siquiera me había tomado el tiempo de probarla. Ese mismo día decidí hacerlo. Lo que sentí fue sorprendente. La energía era intensa. Muy distinta a cualquier otra cosa que hubiera experimentado. A partir de ahí comenzó una etapa de experimentación obsesiva. Empecé a probarla prácticamente con todo el mundo y en distintas partes del cuerpo, combinándola con técnicas de Magnetoterapia.
Los resultados fueron extraordinarios.
Particularmente me impactó profundamente el trabajo de equilibrio de chakras. Me habían hecho equilibrio de Chakras con Reiki, con cuarzos, con varitas de ocote que nunca había oído de usar ocote y fue el que más me había gustado hasta entonces, pero usar pirámides fue otra cosa. Los efectos positivos en la salud de las personas usándolas en combinación de imanes fue sorprendente. El agua ionizada también comenzó a mostrar resultados interesantes en algunos casos relacionados con quistes, miomas y cálculos. Por supuesto, los resultados variaban muchísimo de una persona a otra.
Y mientras todo esto ocurría, el recuerdo del ingeniero Valentín Pérez comenzó a volverse cada vez más fuerte dentro de mí.
Porque aunque convivimos relativamente poco tiempo —apenas unas cuantas horas repartidas en algunos días— dejó una huella profundamente extraña y especial en mi vida.
Una huella que, de alguna manera, continúa expandiéndose hasta hoy.
Desafortunadamente, el ingeniero Valentín falleció en diciembre de 2009.
Y lo más doloroso fue que yo no me enteré sino hasta febrero de 2010.
La última vez que lo vi fue precisamente el día que me entregó el modelo físico para fabricar las pirámides.
Recuerdo perfectamente sus palabras aquella tarde.
Me dijo que deseaba trascender dejando sus conocimientos… o de alguna manera dejar un legado positivo para la humanidad.
Toda mi investigación y logros con la Energía Piramidal existen por él.
En el año 2008 decidí crear el primer sitio de internet de Abre Tu Mente. Registré el dominio abretumente.com.mx a mi nombre y también abrí un pequeño blog que, increíblemente, aún sigue en línea.
Lo único que sabía era que necesitaba compartir todo aquello que estaba descubriendo. Todo lo que quería era divulgar y ayudar.
Compartir todo aquello tan extraño que había comenzado a ocurrir en mi vida desde el nacimiento de Sergio. Divulgar lo que encontraba sobre diferentes capacidades humanas que la ciencia tradicional aún no explicaba. Y, sobre todo, descubrir si había alguna manera de ayudar a las personas —especialmente a mi hijo— desde uno solo no explica, niega rotundamente. Ayudar a las personas desde una perspectiva distinta a la medicina convencional. Ese sitio nació prácticamente como un diario de investigación personal. Ahí comencé a compartir resultados, experiencias, observaciones y videos.
Sergio cambió mi vida por completo.
Porque cuando la medicina dice que ya hizo todo lo posible… uno empieza a buscar en lugares donde antes jamás habría mirado, iniciando un recorrido por una enorme cantidad de estudios y disciplinas. Algunos con fundamentos científicos, otros alternativos, otros profundamente polémicos. Muchos de ellos ni siquiera los menciono porque sé perfectamente cómo pueden sonar para alguien que jamás ha vivido algo parecido. Pero yo estaba desesperado por ayudar a Sergio. Estudié metafísica, Reiki, astrología, energía universal, Noesiterapia, magnétoterapia, psicogenealogía, Nueva Medicina Germánica, Ho’oponopono, energía de minerales, piedras de poder, energía plásmica y muchísimos otros temas relacionados con la conciencia y la energía humana.
Finalmente me he quedado con lo que observé más y mejores resultados, algunas verdaderamente sorprendentes.
En todos esos años de búsqueda, hubo momentos clave que marcaron profundamente mi camino.
Resumiendo lo más importante que he estudiado, investigado, desarrollado o inventado en los últimos años:
2007
– Desarrollé un protocolo para enseñar Dermovisión y Visión Extra Ocular en adultos e invidentes. Algo que el reconocido Jacobo Grinberg-Zylberbaum no consiguió.
– Comencé a estudiar profundamente las terapias magnéticas y el Biomagnetismo. Aunque mi verdadero aprendizaje tardaría en llegar del propio Dr. Isaac Goiz Durán.
2008
– Desarrollé un procedimiento extremadamente sencillo para aprender a ver el aura humana. Descubrí que cualquiera puede desarrollar la habilidad.
2009
-Comencé la investigation de la energía piramidal y fabriqué la Pirámide JUVA, que al no tener contaminación cognitiva funciona mejor que las pirámides de orgonita, ni tenía idea que existían.
2010
-Aprendí Energía Universal, otra técnica de aplicación de energía por imposición de las manos muy similar a Reiki.
-Comencé la investigación de la energía de piedras y minerales, descubrí que el verdadero valor del oro es su nivel energético desvirtuado con el tiempo.
2011
-Aprendí Ho´oponopono Un método de amor y perdón Hawaiano donde nosotros somos los completos responsables de lo que ocurre en nuestras vidas.
2012
-Estudié Biomagnetismo Médico con el Dr. Isaac Goiz Durán. Mis terapias dieron un giro de 180 grados.
2013
-Estudié Psicogenealogía, un procedimiento científico francés que estudia el arbol genealógico para identificar conflictos y compromisos energéticos generacionales.
2016
– Fabrique un Estimulador Magnético Transcraneal más seguro y en pruebas aparentemente con mejores resultados que la versión clínica.
2017
– Inventé el BioMAGNES, con ayuda del Estimulador Biomagnetico Transcraneal, descubrí una frecuencia que despolariza los pares biomagnéticos en dos minutos en lugar de los 5 a 45 minutos que se necesita con imanes.
– Invente la Pirámide Biomagnética, conjugue todo lo aprendido e investigado sobre elementos energéticos que ayudan a la salud, elimina todos los pares biomagnéticos del cuerpo sin hacer nada, solo permanecer unos minutos en su interior.
2018
– Entendí que el Par Biomagnético es puramente energético, sufrí el piquete de una araña violinista que me ayudó a descubrir que el cambio de PH en los polos biomagnéticos de un par biomagnético son una consecuencia de la despolarización y no la causa.
– Descubrí los contagios energéticos que activan microbios despolarizados, el mismo evento de la araña me ayudo a encontrar que existen los contagios energéticos.
2019
– Comencé a estudiar la Nueva Medicina Germanica, sin embargo encontré mucho conflicto y contradicciones con el Par Biomagnético y perdí el interés.
2020
Descubrí el Par Biomagnético del coronavirus, dejé de contar las veces que me contagié de covid cuando llegué a 50 contagios, ayudando a muchísimas personas de forma directa como de forma indirecta o a distancia, compartí el Par Biomagnético de forma abierta y desinteresada con infinidad de terapeutas que también ayudaron durante la pandemia, salvando miles de vidas.
2021, 2022, 2023
– Compartí los Pares Biomagnéticos de todas las variantes que aparecieron durante estos años.
Sé perfectamente que muchas de las cosas que he vivido, investigado, desarrollado o inventado pueden sonar imposibles, exageradas o incluso absurdas para muchas personas. Lo entiendo. Porque yo mismo fui escéptico gran parte de mi vida.
Pero después de todo lo vivido con Sergio… llegué a una conclusión muy simple:
Somos más energía de lo que creemos.
QUALITY ASSURANCE
We understand
Our journey to of time.
Customer-Centric Approach
Beyond Fashion: Nurturing a Customer-Centric Experience
We believe that the essence of our success lies in the satisfaction of our customers. Our commitment to providing an exceptional shopping experience goes beyond trends and styles – it’s about understanding and meeting the unique needs of every individual who chooses FemmeWardrobe. From personalized recommendations to hassle-free returns, we’ve crafted every aspect of our service with you in mind. Our dedicated customer support team is here to ensure your journey with us is seamless, enjoyable, and exceeds your expectations. Join our community of empowered fashion enthusiasts, where your satisfaction is not just a priority; it’s our passion.
Sustainability Initiatives
Conscious
we recognize the responsibility at the core of what we do.
From
We prioritize
Explore
Elevate your wardrobe, embrace timeless style!
Explore our collections today and experience the joy of fashion. Shop now for the epitome of chic sophistication!
